Vueltas

Tres mudanzas en un año deben significar algo. Necesito asentarme, respirar pausado y puede que hasta mirarme el ombligo un rato largo a ver si a fuerza de fijarme en mi misma vuelvo a mi ser. 

Justo cuando migré el blog de su anterior ubicacion hablaba de escribir cuando estuviese asentada. Creo ahora que es más bien al contrario y si quiero tranquilizarme y ordenar mis cosas debo empezar por escribir.

Volver a lo que soy yo, que no es poco. 

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ojos abiertos

Al besarme cierras los ojos. Lo sé porque yo hago exactamente lo contrario.

Te miro de cerca. Te observo sin dejar de recorrer tus labios con la punta de mi lengua. Palpita tu corazón deprisa, cada vez más deprisa, buscando contagiarme y hacernos descarrilar y rodar por el suelo sin orden ni cuidados.

Y te beso con los ojos bien abiertos, y lo hago así porque sé que si los cierro no estaré pensando en ti.

Tengo, tengo, tengo…

Tengo una caja de lata, con un pasado como bombonera o quizás cárcel para pastas danesas,  en la que ahora guardo decenas de papelitos con frases calculadas que nunca dije.

Tengo un grupo de botellas vacías acumulando polvo aprisionadas entre la nevera y la pared, esperando a que me atreva a hacerlas añicos y me tumbe sobre sus ellas.

Tengo un amante y medio al que le partiría la boca a besos y al que odio y quiero sin que se note demasiado.

Tengo unas ganas locas de una de esas maletas de contrachapado, hechas para sentarse a esperar al borde del camino que vengan a buscarte.

Y es que también tengo un plan continuista que me llevará en una balsa de aceite hasta la treintena, con este corazón envuelto en plástico de burbujas porque, aunque de tanto quemarse al final se ha acostumbrado al agua hirviendo, sigue teniendo miedo a los cubitos de hielo.

Tengo ideas inconexas y peregrinas, proyectos al ralentí, paraguas plegables de los que antes renegaba, un cielo gris y un césped verde radiante bajo mis pies con zapatos de mil cordones.

Tengo ganas de todo poco a poco. Y además otro año por delante.

Mala sorte

E por primeira vez desde que souben
que aínda respiraba e seguía vivo
sei o que é sentir medo a non estalo

Interrompido na mellor escea
cando estaba soñando un soño dérmico
de paixón e beleza
cunha serea distancia literaria e sabia

Só ela podía ser tan inoportuna
groseira inculta e pouco delicada
chamándome despois de ter sobrevivido
á confortable atracción do fracaso
e saber dunha vez o que era a vida
amar e ser amado.

Lois Pereiro. Poeta maldito, (ou algo así..)

No Día das Letras, rebuscando entre papeliños amarelos y grises.

Días

Hay días como el de hoy en que el viento huracanado me deja rendida y a su merced. Son jornadas en que me convierto en una niña pequeña, torpe y despeinada, chocando con los muebles y enredada en la palabrería con que me protejo de mi misma.

Nacen entonces aquellas mañanas decididas e independientes en que olvido como eran tus ojos, me visto y recorro las calles sin siquiera sonreirle a todos esos gatos callejeros que aún llevan tu nombre. Me creo feliz y optimista, tatuado en mi pecho que por fin he conseguido desterrarte de esta vida.

Sin embargo, el atardecer llega para clavarse en mi costado, afilado y letal, tierra de nadie en que mato el tiempo contando los travesaños del techo de esta casa tan vacía sin tus pasos.

Discurre lenta y espesa, la noche con todas sus horas de madrugada, momento en que vendería mi alma para no encontrar más indicios de tu persona en las estrellas, las portadas de las revistas y el crujir de la madera.

Finalmente, llega el inevitable amanecer de un día amnésico y repleto de ojeras, en que sólo puedo estar segura de me muero por decirte algo que no sé lo que es.

Nueva era

Rodó por la mejilla hasta dibujar el óvalo de la cara, acelerándose en caída libre hacia el cuello y hasta perderse en el valle de mis clavículas. Sorprendida, busqué con los dedos a través de mi cuerpo para descubrir que erán lágrimas lo que me estaba inundando.

Ha pasado una noche entera, con la cabeza a punto de estallar y bandadas de suspiros elevándose hacia el techo como globos apelotonados y pugnando por encontrar una ventana por la que huir de esta casa llena de rayos y centellas que no cesan.

Lloro y me derramo a través de  los ojos, desparramándoseme todos los sentimientos por el edredón y bajo la cama. No sé que ha pasado esta noche, pero algo se ha roto aquí dentro, se ha abierto una puerta y tras ella había un mar, un tsunami de sensaciones que había estado guardando.

Tengo los pies fríos, la mente como un frontón y el corazón latiendo fuerte y a mil por hora. Me tiemblan el pulso y la voz, siento que soy cien veces más frágil que ayer, pero también más verdadera y honesta.

La sal corroe esta armadura de lata que tan buenos resultados me había dado hasta ahora. Se disuelven  mis corazas a golpe de llanto y voy ahora como una lunática, con el corazón en las manos y dejando atrás aquellas pastillas que me había recetado contra el amor.

Nito

Suele sentarse en el muro que separa el parque de la zona para perros, mirando como juegan los demás críos en los columpios. Nito nunca se abriga lo suficiente, por más que su madre le pidiese lo contrario día tras día. A veces le cuelgan los mocos y otras le ves con las rodillas peladas y  la ropa del día anterior, falto de un largo baño de los de domingo por la mañana y frotar tras las orejas.

Nito lleva siempre unas zapatillas que se atan con velcros porque quizás no ha aprendido aún el complicado arte de los cordones. Además, tiene una maraña de pelo revuelto de complicada solución si no es con tijera. Nito se abotona siempre mal la cazadora y a veces se  le olvida subirse la cremallera cuando vuelve del baño. Mastica con esa grotesca boca, a la que le faltan tantos dientes, bien abierta; escupe y estornuda sin cubrirse jamás con la mano. Se ríe a carcajadas descomunales y maldice usando todas las palabras posibles cuando le enfadan. Nito no tiene amigos en el parque y observa a los demás niños desde lejos, dibujando en la tierra con ayuda de un palo o pintando con un trozo de ladrillo a modo de tiza en la pared.

Quizás por todos sus muchos defectos Nito resulta adorable. Cuando olvida en casa su bolsa de la merienda, en el bar de la plaza siempre tiene un bocadillo de fiambre para él, que lo pide muy avergonzado, atropellándose al asegurar que su madre se pasará mañana a pagarlo.

Nito nunca va al colegio a su hora ni usa paraguas cuando llueve. Huele a veces como a perro mojado, a una mezcla de humedad y tristeza que hace que siempre haya alguien dipuesto a quererle. Puede que no te gusten los niños, pero Nito te encantará; y si te gustan los críos, entonces de él  te enamorarás. 

Él no lo dice, porque en el fondo no es consciente del todo, pero sus padres murieron hace mucho y desde entonces vive solo. Nito tiene diez años, pero aparenta unas sesenta y tiene canas y barba de varios días o semanas sin afeitar. Nito está muchas veces triste, y sé que llama a su madre cuando tiene miedo en la oscuridad de su cama, pero se consuela con un viejo transistor hasta el amanecer.

Nito es un niño pequeño encerrado en un cuerpo de gigante, sucio y con olor a alcanfor en sus jerseys llenos de enganchones y agujeros. Se pasea por las calles, se sienta en un banco del parque desde el que alimenta a las palomas con pan duro, como si a él le sobrase, y hace el recorrido de vuelta a casa despacito y saludando a todo el mundo.

Nito estaba muy solo hasta hace poco, hasta que alguien le hizo el mejor regalo: Lucía. Un vecino con buena intención se la dio las Navidades pasadas, blanca y reluciente, pequeñita y hecha de algodón, prendida de un cordel anaranjado y con un collar alrededor del cuello. Probablemente la intención del que se la regaló fuese otra muy distinta y más suculenta, pero Nito ha adoptado a Lucía como su nueva compañera.

Ahora pasean los dos muy rumbosos, calle arriba, avenida abajo; se sientan en el parque para alimentar a las palomas, ambos bulliciosos, pero con el pelo (y la lana) bien peinado y limpio;  niño y cordera, ambos unidos por un cordel, aunque no se sepa a ciencia cierta quién cuida de quién.

organización

Está todo clasificado. Estuches dentro de cajones al fondo de algún armario de puerta corredera, bolsillos de doble forro, carteras de cierres estropeados, bolsos sin cremalleras, agendas de páginas arrancadas, apuntes grapados, clips retorcidos y algún que otro cigarrillo en la guantera del coche.

Está todo organizado. Citas para todo el mes, teléfonos de padres, madres y demás familia. También varias cajas de mudanza esperando que me ocupe de ellas en un rincón, ropa en la lavadora y bolsos colgados en cada puerta de mi recién estrenada casa.

Está todo en su sitio. Tengo un salón-comedor-cocina que se asoma a la primavera, un pasillo por el que desfilar cuando me apetezca y un cuartito de baño de casita de muñecas. Tengo un sofá con un muelle molesto, una cama pegada a la pared y este suelo delator de todos mis pasos y movimientos diarios.

Está todo encontrando su lugar, incluída yo misma. Quién podría imaginar que todo el caos de ayer me llevaría a este punto de equilibrio de ahora. 


Imagen vía

Pólvora mojada

Cuando el ruido fuera lo suficientemente fuerte llegaría un momento en que el sonido nos atravesaría el cuerpo. La pólvora estallaría en el estómago, los fuegos de artificio inundando la cabeza y todo aquel humo colándose bajo la piel revolviéndome las entrañas. Ese aturdimiento, que era el mismo que me provocabas entonces, no me importaba tanto, a pesar de mi miedo atávico a los petardos y sobresaltos.

El día de la descarga, en el centro mismo del puente, viendo formarse las nubes blanquecinas ascendentes, rumbo al cielo, entrelazaríamos las manos. Tímidamente, entre la multitud, sin siquiera mirarnos, tan solo hablando a través del tacto, palma contra dorso, yemas frente a pálpitos al galope en tus muñecas.

No echaríamos en falta el resto de sentidos,  embriagados por los artificios y aprovechándonos del discurrir de la multitud para acercarnos y sentirnos a través de las ropas.

Algo así imaginaba yo: un momento fugaz pero perfecto, como lo eran todas las burbujas jabonosas de las que me alimentaba por aquel entonces. Y tú dentro de ellas. Casi siempre. Solo que la realidad no se pareció jamás a nada de aquello.

Acabé yendo sola un año. Tres horas de carreteras sinuosas y valles brumosos para acabar en aquel mismo puente, bajo aquellas mismas explosiones pero sin nada que prendiese mi llama. Esa tarde acabó en tormenta y ya no hubo más fuegos de artificio ni juegos de manos entre nosotros.