Noche de Reyes

De pequeña escribía siempre varias cartas a los Reyes. Empezaba siendo muy escueta; después me arrepentía y corría a redactar una más pormenorizada, quizás otra más egoísta, otra reservada para las peticiones imposibles y, por supuesto, otra, la más terrena, que entregar a mis padres para que sirviesen de intermediarios.

Tantos correctores de ojeras después, ya no creo en la magia venida de Oriente, aunque continúo haciendo listas de deseos con la esperanza de que se asomen por entre los zapatos una mañana de estas.

Ahora las susurro bajito cuando estoy en la cama y se las cuento a una almohada que escucha paciente y en silencio. También las dibujo a través de miradas y suspiros coloreados, de nuevo esperando que alguien los interprete del modo acertado y me lo entregue envuelto en mil lazos.

Pido pocas cosas, cada vez más acostumbrada a que me toquen pijamas y calcetines en lugar de pompas de jabón y trucos de magia. Me repito que, como con las canas y las arrugas, son pequeñas concesiones por hacerme adulta.

Resumiendo

  

Se nos acaban los días de este año del que dicen fue de cielos ahogados y suspiros plomizos. Mañana empieza uno nuevecito a estrenar, con páginas que huelen a imprenta y promesas a las que aferrarse. Quizás por eso toque hoy hacer inventario de este año partido, de mi vida a dos velocidades, de mi antes de todo aquello y de mi ahora de estos momentos.

Hay días en que creo que nada ha cambiado realmente y otros me descubro desconocida y rara, extraña en un abrigo viejo que no me encaja y buscando en el espejo aquellos gestos que me definían. El azar actúa de este modo caprichoso casi siempre: provocando que lo que ha sido siempre un error se convierta en acierto al fin, que cada tropiezo se vea ahora como un pasito en la dirección adecuada.

Cargaba desde hace demasiado tiempo con un tarro de vidrio lleno de ilusiones fervorosas. He pasado las horas muertas mirándolas con la punta de mi nariz rozando el cristal, pero ahora me he dado cuenta de que puedo liberarlas cuando quiera. Ya no las necesito.

No las necesito porque tengo en su lugar piedras tangibles con las que construir algo, un algo pequeño y no muy estable, un algo eventual y peregrino, colorido, utópico y lleno de transparencias. Es un medio y un fin, un pasaje al futuro que me he comprado con permiso del banco, un juego en el que me disfrazo de gran profesional y actúo como tal. Se trata de un lugar con nombre e imagen corporativa; un pequeño retoño torpe y con problemas de incontinencia, al que educar y críar hasta conseguir que sea algo de lo que sentirme muy orgullosa, que para eso lo he parido.

A eso me voy a dedicar en 2011, a sacar pecho, correr de un lugar a otro y sonreír a los transeúntes.

Feliz año nuevo.

Caligrafía

Escribo notas de aliento. Después doblo el papel unas cuantas veces y lo deslizo en algún recoveco de tus libretas.

Unas veces parece una lista de la compra, otras un mensaje cuadriculado sin demasiados adornos. Siempre con la misma letra encorsetada y elegante, con la misma tipografía formal, deseosa de huir y desbordarse por los márgenes.

Vienes sin cita, te acercas y preguntas mil cosas menos la que deseas. Sonrío sin más. Finjo enfadarme aunque lo haga bastante mal, para después enviarte lejos a base de consejos de madre: abrígate, recuerda los pasos necesarios, estudia al llegar a casa y no olvides los decimales mañana.

Hay días en que arrastras los pies por el pasillo aunque intentes parecer contento, hay tardes en que me muestro inflexible por tu bien, porque una no puede encariñarse de todos los cachorros abandonados, porque estoy segura de que sería totalmente inútil quererte. Me centro en lo práctico, en formas de ayudarte, en maneras de hacerte crecer y que seas feliz.

Empezando por esa letra atolondrada y sin gobierno, para la que inventamos páginas pautadas, caligrafías estudiadas con frases en clave para que repitas en silencio. Por si te sirven de algo.

cinco

A veces cerca y otras (como ahora) más lejos, pero desde hace cinco años orbitando, merodeando, paseando, escribiendo y desmadejándome por estas páginas. Y releyéndolas estos días, me sorprendo orgullosa. Me gusta, lo que supongo que significa que también yo misma me gusto.

Van siendo horas de retomarlo con ganas. Van siendo horas.

A propósito del frío…

Quién iba a prever que el amor, ese informal
se dedicara a ellos tan formales
mientras almorzaban por primera vez
ella muy lenta y él no tanto
y hablaban con sospechosa objetividad
de grandes temas en dos volúmenes.
Su sonrisa, la de ella,
era como un augurio o una fábula.
Su mirada, la de él, tomaba nota
de cómo eran sus ojos, los de ella,
pero sus palabras, las de él,
no se enteraban de esa dulce encuesta.

Como siempre o como casi siempre
la política condujo a la cultura
así que por la noche concurrieron al teatro
sin tocarse una uña o un ojal,
ni siquiera una hebilla o una manga
y como a la salida hacía bastante frío
y ella no tenía medias
sólo sandalias por las que asomaban
unos dedos muy blancos e indefensos
fue preciso meterse en un boliche.

Y ya que el mozo demoraba tanto
ellos optaron por la confidencia
extra seca y sin hielo por favor.
Cuando llegaron a su casa, la de ella,
ya el frío estaba en sus labios ,los de él,
de modo que ella fábula y augurio
le dio refugio y café instantáneos.

Una hora apenas de biografía y nostalgias
hasta que al fin sobrevino un silencio,
como se sabe en estos casos es bravo
decir algo que realmente no sobre.

Él probó sólo falta que me quede a dormir
y ella probó por qué no te quedas
y él no me lo digas dos veces
y ella bueno por qué no te quedas
de manera que él se quedó en principio
a besar sin usura sus pies fríos, los de ella,
después ella besó sus labios, los de él,
que a esa altura ya no estaban tan fríos
y sucesivamente así,
mientras los grandes temas
dormían el sueño que ellos no durmieron.

Los formales y el frío. Mario Benedetti

 

 

Selección

Todos juntos, apelotonados y sorbiéndose los mocos esperando a oír cada nombre.
Hace frío en ese patio lleno de ecos, risas, nervios y angustias compartidas. El miedo crece, también la impaciencia y las miradas superiores de los que poco a poco ya forman parte de un equipo. Todos serán elegidos antes o después, y cada vez quedarán menos, cada vez más débiles, más torpes, más olvidados e impopulares ocupando el banco.

Al final de ese principio, la vista del último aún sentado se concentrará en los pies, en la lazada de sus tristes cordones o algún guijarro grisáceo del suelo; y todo para no ver que está solo, que es el sobrante, ese impar que verá jugar al resto de la clase apretando sus manos entumecidas por el rechazo. Selección natural a la inversa, lección de vida real en la hora de gimnasia.

Tantos años después y continúa doliendo. Sigue ahí la misma mirada vidriosa, pidiendo desde algún rincón de sus pupilas, diciéndoles a todos que será más hábil y más rápido si es preciso, que será como es o fingirá alguna otra cosa, que se convertirá en lo que le pidan que sea. Lo hará todo por ti, por vosotros, por este equipo. Escógele antes que al resto. No es tan difícil, sólo tienes que pronunciar su nombre. Hazlo en voz alta.

Elígeme.