Noche de Reyes

De pequeña escribía siempre varias cartas a los Reyes. Empezaba siendo muy escueta; después me arrepentía y corría a redactar una más pormenorizada, quizás otra más egoísta, otra reservada para las peticiones imposibles y, por supuesto, otra, la más terrena, que entregar a mis padres para que sirviesen de intermediarios.

Tantos correctores de ojeras después, ya no creo en la magia venida de Oriente, aunque continúo haciendo listas de deseos con la esperanza de que se asomen por entre los zapatos una mañana de estas.

Ahora las susurro bajito cuando estoy en la cama y se las cuento a una almohada que escucha paciente y en silencio. También las dibujo a través de miradas y suspiros coloreados, de nuevo esperando que alguien los interprete del modo acertado y me lo entregue envuelto en mil lazos.

Pido pocas cosas, cada vez más acostumbrada a que me toquen pijamas y calcetines en lugar de pompas de jabón y trucos de magia. Me repito que, como con las canas y las arrugas, son pequeñas concesiones por hacerme adulta.

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