dragón negro

Te lo hiciste por alguna estúpida apuesta una noche de mediados de los noventa, en un garito abierto en aquella calle que olía a pescado y orina cerca del puerto. Todo tan tópico como suena, pero en tu delirio ni te diste cuenta de la ironía de aquello, marinero que sufría vértigos hasta viendo las olas ir y venir abofeteando los guijarros de la playa.

Con el paso de los años, con el sinfín de picadas, el dibujo se fue diluyendo, perdiendo definición y engrosándose las líneas como si se hubiera hecho con un rotulador infantil. Claro que los antebrazos no son fáciles de esconder, y a poco que te remangases asomaba su lengua viperina o una pata retorcida y escamada. Era de ese tipo de tatuajes que no puedes dejar de mirar a pesar de ser horribles y estar decididamente mal hechos, planos y toscos, sin el menor atisbo de arte por ningún lado. Era como un reflejo de ti mismo, quizás un tanto vulgar, pero con el poder de atracción que tiene el fuego para una polilla.

Sabías jugar tus cartas. Eras descarado sin pasarte, un embustero elegante, encantador con aquella mueca que utilizabas como sonrisa, acercándote cuando era innecesario y acercándote aún más cuando parecía imposible robar un milímetro extra al espacio entre ambos. Crecías a medida que hablábamos, absorbías mi energía y me hacías pequeña hasta dejarme reducida a una niña de ojos grandes y aliento entrecortado.  La excitación producto del  miedo se parece mucho a esa otra sexual, y a eso jugabas tú sin esforzarte demasiado. Me intimidabas desde tu metro noventa queriendo provocar ese otro estado de agitación interna, haciendo que dudase a veces de mí y que no supiese si mantener  mis decisiones o dejarme ir tras de tus deseos. A diario me preguntaba si todo era un juego o si al atravesar a solas el paso subterráneo me destrozarías con las manos o me besarías hasta quemarme por dentro.

Así más de un año, aferrándonos a las convenciones, a los protocolos de actuación dictados por la organización para la fría relación educador-usuario. Sólo una vez nos los saltamos, un miércoles, en aquel bus de vuelta al centro. Tan lleno de gente estaba, tan mal creí que te encontrabas, que busqué tu mano con la yema de mis dedos. Pude oír tu suspiro al sentir el roce inicial de nuestras palmas. Apenas un respingo y ya te dejaste ir. Le das la mano y se coge… que diría el refrán, y todo y más te tomaste esa mañana en aquel trayecto. Al llegar a la parada de la Alameda nos bajamos como si nada pasase. Tú comenzabas la fase de internamiento el lunes y yo dejé pronto el trabajo porque los exámenes finales se acercaban peligrosamente.

Pasaron los años, y puede que borrases todo gracias a ese caballo salvaje al que te has empeñado en intentar domar. Aún así, no hace tanto nos volvimos a cruzar, de nuevo estabas tocando fondo y pidiendo en las calles. Poco quedaba por consumirse de ti, sólo aquel dragón ruinoso en el antebrazo, un borrón más que dibujo, atrayendo mi mirada y mis manos como siempre, aunque esta vez fuera para darte algo que pagase tu siguiente vuelo.

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4 pensamientos en “dragón negro

  1. hasta los ángeles saben que la empatía, con según quién, calza guantes de látex.

    y yo que quería tatuarme un dragón de esos…!!

    biquiños

    (qué yutú era? lo han borrao’)

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