el ladrón de cartas

En su departamento le esperan carritos de la compra llenos de sacos. De normal no estarían ni mediados, pero en estas fechas la gente parece retomar viejas costumbres y se lanza a felicitar a todo conocido del que recuerde su dirección y apellidos.
Creo que eso es precisamente lo que le exaspera, saber que llegado el día seis de enero apenas tendrá unas docenas de cartas que clasificar, que todo serán avisos de cobro, extractos del banco, promociones de perfumerías y borradores de hacienda.
Su problema es que es un romántico disfrazado y por eso a veces no resiste la tentación de fisgar en un sobre color sepia o en una tarjeta llena de corazones. Claro que nada es como antes. Hay personas tan herejes como para enviar versos de amor escritos, ya no a máquina, a ordenador incluso, o utilizando ese lenguaje horrible de los móviles.
Por eso, con el tiempo, se ha ido haciendo huraño, cada vez más cínico y menos crédulo. Ocurre a veces que hasta las mejores personas se dejan contagiar por el virus de la mezquindad, y comienzan, egoístamente, a cometer pequeñas fechorías. Así le ocurre que aunque tan recto y serio para todo lo demás, se abandona al vicio de hurtar sentimientos y mensajes que no son para él, en la convicción íntima de que ni el remitente sabe lo que en verdad dice ni el destinatario merece recibir tales palabras.
A veces es una carta de amor, otras una despedida o una falsa esperanza dada en tres párrafos mal redactados. El caso es que, si algo le atrapa, va directo a un cajetín azul marino que no se corresponde con ningún código postal de la provincia pero sí al interior de su portafolio de cuero.
Cuando llegue a casa revisará con cuidado lo que ha seleccionado y con ello tratará de componer su historia. Escribe buenos textos y algunos son cuentos excepcionales, sirviéndose siempre de las cartas que roba. No se siente del todo culpable, pues cree que hacen un mejor servicio convertidos en relatos; y es que la ficción es una forma permitida de mentira, y al fin y al cabo eso es lo que ve en todas aquellas misivas: mentiras, mentirijillas, mentiras edulcoradas, mentiras piadosas, mentiras interesadas, mentiras grandes y chiquitas, estúpidas o crueles, pero todo son mentiras.
Precisamente es él quien tiene ahora clavada con una chincheta en su pared una postal que era para mí. Quizá no la seleccionó porque la poblase mentira alguna, pero sí porque vio en ella una buena historia que contar, una de esas fantasías que resultará mejor y más bella que la simple realidad.

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15 pensamientos en “el ladrón de cartas

  1. Lo de los carteros es un poco como la lotería (ya que hoy es el día…). Yo he sufrido hasta la que me cobraba siempre la opción más cara, o el que chorizaba cosas que le olían sabrosas o ahora que tengo una que solo le falta venir los domingos a casa para preguntarme si quiero mandar algo. Pero tienen ese no sé qué romántico que aunque sean unos chorizos… no sé, son como menos malos que otros…
    Un besote, y que te vayas recuperando, mira que tenemos el reloj mal ajustado y nos apachuchamos en unos días… 🙂

  2. poedia- es que es mejor escribirles algo amable y no una lista de insultos (aunque también podría). Lo de mis horarios no tiene solución. Y tómate algo con mieeelll….
    🙂

    sansar- creo que no, pero nunca se sabe cuantas postales ha podido robar el muy….

    bicos

  3. …ya casi se ha perdido la maravillosa sensación de las cartas escritas en papel, con bolígrafo y con su correspondiente sobre y sello… y, ¿hay alguna sensación tan agradable como echar una carta en el buzón? Es como enviar una parte de tu espíritu que, mágicamente, le llegará a la persona querida (u odiada, tal vez) en un lugar tal vez lejano.

    No sé, quizás yo soy demasiado nostálgico y romántico… Pero era, y es, bonito escribir cartas… ¡y que los carteros sean legales, claro!

    Un saludo desde Madrid.

  4. Y quién es él para juzgar lo que puede ser verdad o mentira? Supongo que este cartero será una ficción, porque de lo contrario sería para colgarlo. Imagínate que una espere llena de ilusión esas mentiras…

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