doce años

La vida es dura para los que tienen doce años.
No importa lo que digan en televisión, ni lo que traten de venderte desde los libros de cuentos. Tener doce es querer y no poder, tratar de hablar y que te callen, levantar la mano y ser ignorado.
Tener doce años es complicado, pero aún más difícil debe ser quedarse en ellos para siempre y no alcanzar nunca los trece, ni los quince, los diecisiete o los ochenta y tres. A Bruno le ocurre exactamente eso.
Ha cumplido ya los treinta pero es imposible separarle de su BH, una de aquellas bicicletas con una bisagra en el cuadro para llevarla plegada en el coche familiar cuando se iba a la playa. Es una de esas bicis todoterreno de cuando todavía no nos habían contado que existía algo llamado mountain bike y podíamos soñar que todo era posible si pedaleábamos con suficiente empeño.

Bruno acostumbraba a subir a toda prisa la cuesta que viene de la aldea, como si fuese un muñequito de cuerda, moviendo esas piernas robustas que no conocieron jamás los beneficios de un piñon pequeño y un plato grande para afrontar los puertos de montaña y, al llegar al cruce, posaba la pata de apoyo sobre la grava y descansaba.
A veces malgastaba horas en ese mismo lugar, pequeña escapatoria que da la pista de tierra en su ascenso continuo a ninguna parte, y permanecía mirando a no se sabe bien donde entre la maraña de pinos y robles que pueblan las fincas cercanas. Tanto se abstraía, que con el paso de los minutos aún aferrado al manillar y a horcajadas, se le iba entreabriendo la boca y perdía dirección y fuerza su mirada. Y allí se quedaba, por tiempo indefinido, en un trance bobo.

Hubo épocas en que esa era su rutina. Pero ya no. Desde hace tiempo, desde que se quedó solo con su madre, se le ve taciturno y murmurador por las callejuelas y caminos, hablando para si en voz muy baja y siempre a pie y muy serio.

Un día me asaltó en un recodo del sendero y me aseguró que ya no es un niño. No puede serlo más porque su padre se fue y le dejó encargado a él de todo. Por eso ha aparcado su infancia, como la BH, en un rincón del patio.
Ahora es un hombre y se está esforzando mucho por hacerlo bien. Me dice que ha conseguido un libro de esos de normas de circulación, y cada tarde, a la hora en que antes estudiaba el zarandeo de los árboles, se encierra en el garaje y, sentado en el antiguo coche de su padre, intenta adivinar como ponerlo en marcha.

Tenía la familia un viejo cuatro latas azul de tracción chirriante que a duras penas pasaba la revisión anual de la itv. Está parado desde el día del funeral, allá por el 2002 pero Bruno, como todos los niños, no ve imposibles muchas cosas en las que los demás no creemos.
Y quizá por eso sueña cada tarde que un día conseguirá arrancar el oxidado motor y se dirigirá a Bayona con su madre. Y mientras ese día no llega, y por si acaso entonces se olvidase, me pidió ayuda para meter en el maletero su BH plegada.
Porque nunca se sabe…

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4 pensamientos en “doce años

  1. Quien sabe, los niños son los únicos capaces de creer en imposible y por eso suelen conseguirlos, los imposibles digo. Cualquier día de estos Bruno te sorprende y ha hecho rugir el motor de ese coche una vez más. Es muy duro arrancar a un niño de sus 12 años para decirle que ya tiene que ser un hombre, y no lo digo solo por Bruno, que por cierto me ha resultado una historia muy tierna. Lo digo por otros niños que de pronto han de convertirse en adultos por circustancias adversas de la vida. La infancia debería ser más duradera y feliz, sobre todo feliz. Besos

  2. Los adultos queremos pensar que los niños son muy felices, y por extensión, que alguien que como Bruno tiene su mente anclada en una infancia de más de treinta años no tiene la capacidad mental para darse cuenta de lo que ocurre o para sufrir por ello.
    Subestimamos muchas veces a los niños y a esos que llaman discapacitados (por no decir retrasados…), y a veces creo que sólo nos diferenciamos en que nosotros nos damos más importancia.

    bicos

  3. No he visto niño que no sea un ejemplo de muchas de las cosas que nosotros hemos ido perdiendo (o estamos perdiendo) a medida que nos hacemos mayores. Bruno y su coche, y sus horas muertas, son puro amor hacia su madre y hacia sí mismo. Qué bueno.
    Y ya les daba yo a los niños de ahora una de esas bicis de piñón fijo, a ver cómo se quejaban y no andaban ni 100 metros. La mía era una BH naranja.

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