en la ribera

Quizá, si eres foráneo, no quieras confiar en lo que digo, pero existe una jungla de pesadillas densas respirando ahí abajo. Conduces por esta carretera como lo harías en cualquier otro lugar del mapa y no reparas en lo que dejas a los lados, incrustado en los retrovisores hasta que el asfalto conspirador devore su rastro.

Sin embargo, a pesar de que creas conocer bien este lugar, sé que esto se te escapa. Habrás visitado el río, no lo niego. Habrás cruzado mil veces este puente y puede que hayas nadado en las aguas mansas. Seguro que puedes decirme su nombre, hablarme de las especies arbóreas y la fauna autóctona de la ribera. Hasta, en algún folleto turístico, habrán comentado el pasado más glorioso: la vía romana, el puente regio, los tratados de paz y los tesoros de leyenda que en cada montaña se entierran.
Nada mencionarán jamás de lo que ahora te cuento: de las carreras y los faroles, de los paseos, de los camiones, de esos silencios que habitan en cada bala perdida que se incrusta en la corteza de un álamo temblón.
Y es que hubo un tiempo, una larga noche de decenios, en que todos evitaban pasar por aquí cuando se apagaba la luz del día, pues decían que en la espesura verde se agazapaba el Maligno.
Muchos hablaban de seres monstruosos, otros de bandoleros, algunos de guardias civiles ebrios de sangre derramada y cadáveres mutilados; la mayoría se persignaban y apretaban el paso sendero arriba sin importar demasiado sus motivos.

Te contaré el secreto que todos callan; verás que no es nada fabuloso y no hay dragones ni brujos ni meigas. Tan sólo hombres y mujeres, ideologías y armas, vencedores y vencidos; revanchas.
Existió un hombre, mudo de nacimiento y zapatero de profesión, bolchevique convencido, al que una noche, como a tantos otros en otras tantas veladas, condujeron hasta este puente. Y como a todos, le invitaron a saltar tras un disparo en el pecho mortal de necesidad.
Sin embargo, por el miedo, por ser mudo y no entender o puede que por puro instinto de supervivencia, se aferró al pretil del puente con ambas manos mientras un reguero de su propia sangre volvía el agua carmesí.
Viendo que no caía, que no se soltaba a pesar de las patadas que con las botas le daban, el sargento al mando sacó un cuchillo de caza y de dos tajos certeros le cortó ambas manos, que, eso sí, quedaron aferradas a sendas piedras del muro.

Dirás ahora que todo es una fábula, un cuento para no dormir, una historia sin confirmación alguna, y que posiblemente el mudo acabaría río abajo y su cadáver no pudo nunca contar tal historia. Y sin embargo, te equivocas. Fue el agua que debía ser su tumba quien le salvó, pues lo llevó flotando hasta el canal del molino, un kilómetro más allá. Allí lo encontró un vecino y allí lo ocultó por tres semanas, tratando de desinfectar sus heridas con infusiones del mismo orujo en que sumergía los muñones cada mañana.
Al cabo de ese tiempo se le perdió la pista y se convirtió en un fugado, en un muerto sin tumba que sobrevivió escondido en la espesa vegetación de las orillas del río durante cerca de tres años, hasta que, convencido de que ya nadie podría hacerle más daño, se decidió a dejar la ribera y volver a su antigua aldea.

Sesenta años después, con su mente ya senil y perdida, escapó de una residencia para mayores una tarde de domingo. Se le encontró un martes, como tantos años antes: en el puente, sentado sobre el pretil, semidesnudo y tiritando pero sonriente al contemplar como las aguas corrían límpidas bajo sus pies.

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2 pensamientos en “en la ribera

  1. Creo que no quiero que me invites nunca más a tu pueblo. Es la típica historia de la guerra civil que te cuentan de niña y te deja marcada para el resto de tu vida. Lo del orujo y los muñones es un buen detalle!

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