caminos que se bifurcan

El problema de mantenerse en el mismo lugar demasiado tiempo es que ves a los demás ir y venir, pararse un rato a tu lado y después partir. Recibes postales de lugares lejanos y suspiras con llamadas de teléfono que te hablan de trenes y estaciones de paso.

Eres un faro referente, alguien que detuvo sus relojes y prometió fidelidad a unas ensoñaciones anticuadas. Tú, con tus cientos de frases célebres, recordando anécdotas y cantando las estrofas de ayer como si no hubiesen llovido los años sobre ti. Tú, para recibir con abrazos y sonrisas al que regresa, para despedir con un pañuelo al que se va.

Otros acumulan sus hipotecas, trabajos estables, planificaciones familiares y habitaciones para los niños que pronto vendrán. La vida parece ser eso que siempre ocurre a otros.
Y no es que quieras ser ellos, no es que desees despertar un día siendo una actriz de teleserie con un plan de pensiones y un seguro dental, sólo que la historia ajena parece siempre más fácil.
Imita desde fuera a una ecuación sin incógnitas en la que todos los pasos sucesivos, de tan lógicos, resultan evidentes. Los demás parecen seguir una autopista sin desvíos mientras tú estás en una rotonda, girando, a la espera de elegir una salida.

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