merienda

Salía del colegio como salen todos los niños, corriendo tan rápido como si una fiera hambrienta me persiguiese para descuartizarme. En lugar de eso era yo la que me precipitaba sobre la bolsa de tela que mi madre traía, dejando a cambio sobre sus pies todos los libros y cuadernos de mi mochila.

Casi sin un “hola” trotaba hasta llegar a donde siempre, al banco del parque pegado a la tienda de golosinas. Allí nos reuníamos el grupo de cuatro. En realidad eramos tres fijos y el cuarto dependía de si Asier tenía o no clases de piano, lunes y miércoles de cinco a seis y veinte.
Abríamos los paquetes de papel albal, olisqueando, aventurando mortadela o margarina con azúcar, disgustados ante el chopped a fin de mes, los bordes blancos del jamón york que se olvidaban siempre de quitar, los tintes rojos aceitosos del chorizo revilla o el pastoso pan de molde del Sabeco.
En algún momento, entre bocado y bocado, Manolo daba el grito de guerra, y a la voz de “¡Cambio!” nos pasábamos los bocadillos unos a otros. Los rotábamos y seguíamos mordiendo el salami del otro sin mayor remilgo.
Cuando se terminaba, sacábamos las frutas de las bolsas. Manzanas, mandarinas, medios plátanos y hasta alguna pera acuosa llena de golpes solían formar parte de aquellas macedonias improvisadas que nos montábamos, bocado a bocado, gajo a gajo mordisqueado.
Casi no hablábamos; nos mirábamos, reíamos al vernos con la boca llena, a veces gritábamos si Asier mordía de más su bocadillo de chorizo o si Tamara no comía suficiente pavo. Al acabar, cada cual recogía la bolsa y la devolvía a su madre, que tomaba un café junto a las otras en la terraza del bar Suizo.

Entonces, si había dinero, si a alguno nos habían dado la paga o habíamos estado de cumpleaños, sacábamos nuestras relucientes monedas de duro, las apilábamos y con ellas se negociaba una bolsa grande de gusanitos, de patatas o de aquellos chettos con los mosqueteros en las bolsas. Con lo que fuese salíamos de la tienda y nos lo repartíamos para evitar peleas por si tal o cual cogía de más.

Debíamos ser los niños de ocho años que más tiempo empleaban en merendar de todo el parque. Siempre nos cogían el tobogán más alto y aquellos semicírculos enrejados que nunca supimos bien para que eran; nos conformábamos a veces con caballitos sujetos al suelo por un muelle o pintando en el cemento con las tizas robadas de la clase de plástica. La mayoría del tiempo la pasabamos corriendo, jugando a la guerra, al escondite o simplemente pegándonos.
A pesar de todo pasaron unos cuantos años hasta que dejamos de merendar juntos, compartiendo lo bueno de los bocatas de nocilla y lo malo de las naranjas plagadas de pepitas.

Por suerte, tardamos un tiempo en hacernos egoístas y comernos lo que tocase nosotros solos.

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8 pensamientos en “merienda

  1. yo no era niña de compartir meriendas ni compartir nada. Yo era la que siempre se sentaba en un rincón con un libro abierto y me comía sus páginas con los ojos mientras mordisqueaba mis bocatas. El que más me gustaba era el de pan con leche condensada pero mi madre que me lo prohibió pronto para proteger mis dientes. Nunca soporté el chopped y los bocatas me sabían resecos siempre, hasta que descubrí la mayonesa. Luego llegaron los bocatas de tomate fresco, maiz, mayonesa y jamón york, enormes, y junto a ellos los libros más profundos, más gordos y más subyugantes. Sigo sin juntarme con nadie en la merienda y sigo comiendome con los ojos los libros, lo que ya no hago es comerme esos pedazo bocadillos. Cualquier dia de estos me hago uno para matar el gusanillo. Besos

  2. El bocata de pan con chocolate estaba bien, pero siempre sobraba pan, a saber porque. Siento que no hicieses comuna de meriendas, eran toda una fiesta.

    🙂

    PD: aún puedes probar, tú empieza con un ¿y tú hoy que tienes?

  3. Yo me metía unos bocatas gigantescos, que siempre tenían queso de “rondón” por si me sabía a poco el otro ingrediente. Mientras los demás se “metían” donuts y cuernos de chocolate, yo seguía con mi bocata gigantesco que, claro, me hizo gigantesca…
    Bicos

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