guillotina

Sobresaltada, abrí los ojos; parpadeaban en mi despertador las tres y cuarto. Alargué el brazo hacia la mesilla y entonces el mundo giró de golpe. Sujeta a la cama por el arropamiento de mi madre, me aferré a la almohada para no dar con mis huesos en el suelo, o en el techo, contra las paredes, las puertas y muebles variados, todos ellos burlándose a mi alrededor.

El estómago, asustado, se encogió y arrugó como un envoltorio de chocolatina en la papelera. Y se instaló la náusea, el camarote de barco, los pasos a trompicones, la zozobra y esa taza del váter como salvavidas al que aferrarse.

Cuando me vacié del todo por dentro y hasta mis más oscuros secretos viajaban ya a través de una cañería, cuando las lágrimas y el sudor se fusionaron, cuando el cielo se confundió con el infierno, la derecha con la izquierda y no recordaba en que día vivo, entonces la orilla de la cama se dibuja en un horizonte no tan lejano.

Navego a la deriva. En mi mano la píldora salvadora: myolastán, tetrazepam, benzodiacepina al fin.
Escucho a lo lejos los gritos de la Reina de corazones, ¡qué le corten la cabeza!

Sí, por favor…

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