mano inocente

El futuro se esconde en una caja de cartón. Una de esas de quinientos o mil folios que, una vez vacías, se reutilizan como papelera provisional. En su interior están todas las respuestas, todos los designios de las estrellas y los mapas del cielo.

Durante las visitas escolares, los niños solían impresionarse y abrir sus bocas de par en par ante la maquinaria, los gigantescos rollos de papel, el olor a tinta y ese golpeo machacón de unas rotativas oxidadas.
Los ojos asombrados de los colegiales iban desfilando ante hombrecillos enfundados en monos de trabajo renegridos y con manos de carbonero. Mientras, un guía encorbatado, como los grandes hechiceros, soltaba sus encantamientos secretos en una retahíla sin fin:
– aquí están los linotipistas, monotipistas, estereotipistas… ¡y un grabador! ¡¡y allá al fondo nuestra sala de tintas!!

Desde alguna caverna oscura, un hombre de barba descuidada y un eterno celta a medio consumir en los labios, se encargaba de abrir paso entre los montones de papeles y los fardos de lo que parecían ser revistas antiquísimas y pasadas de moda. Le regalaban una a cada niño y ya desde el primer contacto comenzaban sus dedos a teñirse del color marengo de las noticias atrasadas.

Acababa la ruta por el museo y empezaba allí, tras unas puertas de cristal ahumado, el verdadero periódico.
Una gran sala llena de mesas, una pizarra blanca en la pared del fondo, de esas que requieren unos rotuladores especiales que nunca pintan cuando se les necesita, y un pequeño mostrador en que goteaba a un ritmo sincopado una cafetera eléctrica.
Nada de la redacción moderna llamaba demasiado la atención: algunos ordenadores, unas pocas fotos dispersas y la extrema indiferencia por parte de unos autómatas que, sin inmutarse, alzaban las manos al oír su nombre y puesto.

Para terminar la visita, el grupo de niños se arremolinaba ante la mesa en que descansaba la caja que guarda el futuro. Allí todos, sin pestañear una sola vez, asistían al más asombroso ritual de magia que podían recordar, a sus apenas siete años. Apretaban contra si el viejo ejemplar del diario regalado, se mordían las uñas, cruzaban los dedos y driblaban las cabezas de sus compañeros en busca de un ángulo de visión perfecta.
La redactora de aquella sección, rotunda y plena de facultades, vestida con un caftán de seda en colores ocres, les contaba la tremenda responsabilidad que suponía el uso de aquella caja de apariencia tan simple. Hablaba de tener fe, de creer en el poder de las estrellas y del destino de cada cual. Escrutaba entonces las docenas de ojos que se clavaban en ella, las pupilas inmóviles, las respiraciones sibilantes de los asmáticos y las sonrisas condescendientes de profesores desencantados.
Y, de repente, lo tenía. Encontraba al elegido de entre ese grupo de pequeños cínicos en potencia. Lo alzaba, abría la caja ante él y permitía que perdiese sus manitas en el abismo. Extraía uno a uno, doce pergaminos minúsculos, doce predicciones ambiguas.
Seleccionaba doce destinos para el día siguiente, en la página cincuenta y dos, sección de pasatiempos, tras el crucigrama y las soluciones a los jeroglíficos del día anterior: Horóscopo de los ángeles, por Madame Ylena.

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2 pensamientos en “mano inocente

  1. Que no viene al caso pero me has traído a la memoria la primera vez que vi como se hacía un periódico, las rotativas, como iba saliendo, como se imprimía. Fue emocionante. Por entonces estudiaba periodismo y soñaba con ser una reportera dicharachera y envíada a algún rincón del mundo donde luchar por sacar a la luz toda la ignominia de la sociedad. Un lugar donde luchar por los parias de la tierra. Ahora miro atrás y recuerdo aquellos dias. Con que cosas soñamos verdad???

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