inercias y tropiezos

Arrastras los pies al andar. Supongo que de ahí viene el problema.

Absorta, buscando algo que ya no tienes en un lugar en donde nunca estuvo, pierdes la noción de la realidad. Aquella acera y la ley de la gravedad hicieron su parte, y tras un segundo de tambaleo, te vas al suelo. Después, la cara de tonta, las piernas repeladas, la boca entreabierta y los ojos entrecerrados, concentrada en el dolor punzante de un orgullo empequeñecido.

Es la compulsión esa a la repetición, al tropezar con las mismas no-piedras y hacerse el mismo no-daño, como siempre. Es algo relacionado con las autolesiones, con el vértigo que te provocan las calles adoquinadas, las cuestas abajo y los setos que cierran toda posibilidad de que exista un camino alternativo por el que perderse.
Es una momentánea rendición, el “hasta aquí hemos llegado” dicho sin palabras, el punto y coma inventado para poder respirar hondo y pensar un poco.
Te quedas en el suelo, de rodillas, con la constelación de estrellas que guardabas en el bolso orbitando a tu alrededor y los buenos ciudadanos apartándose para que nada ajeno les salpique.
El que cae solo debe levantarse solo, así es como tiene que ser.

En un momento te recompondrás y seguirás adelante. Fingirás olvidar este mínimo incidente nada más doblar la esquina y te colocarás una sonrisa dentro de un minuto, aunque sepas de los cardenales que te esperan, de las gotas de sangre coagulada que anidarán en tu piel y de todas esas costras que, como siempre, curarán en falso.

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2 pensamientos en “inercias y tropiezos

  1. tropezones de esos he tenido pocos, de los otros, de los que no brota sangre pero te quedan unas heridas enormes que no terminan de cicatrizar tengo unos cuantos. Más que tropezones han sido hostias en caída libre. Eso si, la gente se aparta de la misma manera para que nada les salpique y tu te levantas con una sonrisa enorme, como si nada pasase, aun a sabiendas de que los cardenales son enormes y las heridas no acaban de cerrar. Besos

  2. Mis moratones (esos de verdad) están ya en un tono amarillento, en remisión.
    Las caídas libres son necesarias para aprender a reponernos y hasta para que la próxima vez, aunque sepamos lo que dolerá, volvamos a dejarnos caer, porque compensa de algún modo.

    bicos

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