antiguos caminos

La memoria del cuerpo es sabia.
Reconoce los gestos, los hechos, ese movimiento que creías olvidado. Llegas a la bifurcación y tus zapatos siguen el itinerario, las huellas invisibles que los pies dejaron un año atrás. Tú, con esa cabecita racional, con varias ideas hilvanadas en el paladar, no sabrías decir por dónde hubo un sendero el verano pasado.

El instinto no defrauda y por eso aciertas: esquivas las piedras, los charcos escondidos, las trampas camufladas bajo un manto de gramíneas, y al fin, hoy que las lluvias descansan, llegas al mirador.

Sentada, coges aliento. Haces acopio de serenidad, jugando a que el mundo se detiene por un momento y no tienes cientas de cuentas pendientes con tu vida. Fingirás por un rato, te portarás como si todo encajase y no sobrasen opciones y faltasen decisiones.
Con los ojos cerrados nada importa tanto, la ceguera es un buen remedio. Mientras, el río desorbitado ruge allá abajo, el cuco marca el paso de los segundos y el viento comienza a traer nubes cargadas de una lluvia que no parece agotarse.

De regreso, un par de cuervos rutilantes se cruzan ante tu respiración entrecortada, vuelan en dirección a la seguridad del nido.
Escuchas las primeras gotas cayendo en ninguna parte. Un segundo después estás calada.
De nuevo diluvia. Corres y todo se empaña.
Otra vez estás huyendo…

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