tras la puerta (última entrega de mis deberes)

Ahora, la parte más importante de mí es esa silla de ruedas. *

Antes de que entrase en el esquema de mi vida, yo no era yo. Solía portarme como un ser repleto de prisas y asuntos que atender, alguien absorto en estúpidas obligaciones y cláxones histéricos en cada atasco. Las rutinas de supermercado, recibos de la luz y juntas de vecinos ocupaban mis horas libres. A veces, conseguía dormir un par de horas seguidas, pero nunca lo suficiente para tejer un sueño completo.
Quizás por eso recordé durante décadas, con intenso fervor, aquellas últimas fantasías, en mi verano de doce años, en que se me aparecía Samantha Fox enfundada en sus minipantalones vaqueros y una camiseta de escay para llevarme a un mundo anegado en placeres voluptuosos y sudores varios.
Desde entonces, y hasta la llegada de la silla, nada. Tan sólo aquellas alucinaciones pálidas, propias de insomnes de larga duración, que se proyectaban en el techo de mi dormitorio como retazos inconexos de una historia nunca contada.

En realidad, ese montón de hierros no ha hecho gran cosa por mí. Simplemente está aquí, a la espera, tras la puerta de mi cuarto. Aguarda pacientemente su momento. Hay veces en que me parece que se trata de una depredadora metálica, al acecho, taimada, sabedora de que las estaciones juegan a su favor y me hará suyo antes de que pasen cinco años.

Gracias a ella he tomado conciencia. Ahora estoy más despierto y a la vez más dispuesto a creer en imposibles. Aprovecho cada instante y me permito malgastar el tiempo en hacer un recuento de nubes o una orgía de frutas a la hora de la merienda. He olvidado lo que parecía urgente hace un trimestre y no echo de menos nada de aquellos días.

Todos tendemos a creer que nos pasarán factura nuestros errores, los excesos cometidos y los vicios irredentos a los que nos abandonamos. Eso sería lo razonable, sólo que la biología no sabe de justicia, ni la medicina de ser ecuánime con sus pacientes. Son implacables, como lo es la vida y la muerte, las luchas por la supervivencia y todas esas tremendas escenas que National Geographic nos arroja, sanguinolentas, a la hora de la siesta.

Y es que, en realidad, nadie sabe a ciencia cierta cuando se le acabará el tiempo. Podría ser que no lleguemos a final de año o que nos arrolle un camión al cruzar la calle para tirar la basura. La única diferencia es que yo tengo algo más de información. Sé como ocurrirá y aunque no tengo una fecha fija, sí puedo asegurar que, paulatinamente, me iré convirtiendo en una figura de cera.

Antes de mí, fue Padre el que se apagó de esta misma forma. Primero con una leve ronquera, después con aquella torpeza en las manos, ese perder las fuerzas y caer desmayado como la protagonista de una novelita francesa. Más tarde llegaron envites menos amables: la parálisis parcial, esa trampa encerrada tras los botones y cremalleras, las papillas para todo, el uso de pañales cada noche, los monosílabos que pretenden resumir una idea compleja y esta maldita silla de ruedas.

Por eso, cuando amanecí aquel jubiloso día de mayo falto de voz, con una sordina sobre mis cuerdas vocales, supe que no podía perder más mañanas en ovillos de burocracia sin sentido. Dejé el trabajo, quemé las corbatas, desoí los avisos de embargo, las voces de la conciencia y todas esas advertencias de quienes rogaron que me cuidara.

Corrí por el pasillo de casa, hacia el trastero, desempolvé esa silla que aún no necesito y la coloqué tras mi puerta, en donde la vea cada mañana, para que me espolee y sea mi recordatorio de que un día, lejano o cercano, será ya muy tarde para retomar todo lo que en mi vida he postergado.

Quizás no llegue jamás esa mañana temible en que pague por mis errores, pero lo que sí sé es que vendrá un tiempo sombrío en que no podré siquiera equivocarme, y todo lo que tendré en mis noches infinitas serán colecciones de recuerdos y una lista de cosas pendientes con las que ya sólo podré soñar, tan imposibles como lo eran aquellos minipantalones de Samantha en las noches húmedas de mi adolescencia.

* La frase inicial venía dada, y con ella me tuve que pelear…

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4 pensamientos en “tras la puerta (última entrega de mis deberes)

  1. y cada día me encuentro con un sinfín de personas que han acabado postrados en una de esas sillas frías, y su vida se consume entre hierros, paredes, y los extraños caminos de una mente que se pierde sin que puedan remediarlo, y son como pajarillos presos y yo le digo a mi compañera muy sería, y tremendamente en serio: guapa, si algún día, dios no lo quiera, ves que acabo así ponme un chute de morfina y acaba conmigo. Por favor, si mis días van a acabar así y tu puedes remediarlo no lo dudes, ponme un chute, y ella se ríe y me dice que por ley de vida ella llegará primero a ese punto, pero por si acaso me cercioró de que no permitirá que eso me ocurra. Besos

  2. Pues para tener que pelearte con la frase que venía dada, creo que has librado bien tu pelea, la verdad me ha enganchado el texto y me ha hecho reflexionar.
    petonets

    pd. sigo leyéndote, pero entre “escacharraó y ocupaó” lo tengo un poco díficil para comentar

  3. náufrago- gracias, gracias e gracias. A ver se o emprego en algo de proveito.

    globos- la decadencia de los cuerpos, que no se sabe hasta donde puede llegar…

    alicia- arréglate y desescachárrate y cuando estés del todo a punto, vuelve con fuerzas renovadas 🙂

    bicos para todos

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