liquidación (parte II)

Con eso trató de contentarse y tranquilizarse. Tenía trabajo por delante. Llevaba ya dos horas llenando contenedores de pvc con ovillos de lanas de todo tipo cuando decidió tomarse un descanso. Salió de la tienda un segundo y, por mera costumbre, no cerró la puerta tras de si.
Entró en el local contiguo, el café bar Plaza, y le pidió a Sebio el bocadillo de calamares que llevaba sirviendo desde hacía casi treinta años, el mismo que antes preparara su padre Eusebio desde el treinta y siete, y que les había hecho famosos en toda la ciudad.
Con el paquete plateado entibiando sus manos, volvió a la mercería. Para su sorpresa había dos personas dentro. Una era su tía Inés, apoyada sobre el mostrador con actitud autoritaria; la otra hizo que a Ernesto le diese un vuelco el corazón. Era su amada Sofía, tan bella como la última vez que la vio a sus tiernos diecisiete años, con un vestido de aquellos de algodón fino de diario.

-Te digo, niña, que no puedes coser esto así – ambas miraban unas piezas de papel cebolla extendidas – si le colocas las pinzas aquí y aquí, quedará muy ajustado. Y esta sisa, ¡madre mía! ¡Se te vería un pecho por semejante abertura!
-No sea exagerada, que no es para tanto, no se verá nada – Y volviéndose hacia Ernesto añadió – y si se ve, que aproveche a quien mire, ¿verdad, Nesto?
-No seas descarada, chica, que no es propio de señoritas, y no provoques a mi sobrino así, ¿no ves que se sonroja? Pobre muchacho. Anda, siéntate a almorzar con nosotras.
-¿qué estáis haciendo aquí?- musitó en un hilo de voz que esperaba no romper aquel hechizo.
-¿no lo ves, Nesto? Mi vestido para las fiestas, este es el patrón. Será azul celeste, con falda plisada y cintura estrecha. Vi uno parecido en una revista, lo llevaba una actriz americana. Lo quiero como ese.
-Niña, esto no es América, no puedes ponerte algo así el domingo de Ramos, en vísperas del Martirio de Nuestro Señor. Al menos si le hicieses un abriguito de piqué para cubrirte…
– Ya verá Inés, ya verá como lo hago y sin abrigo ninguno.

Mientras ellas continuaban hablando, Ernesto sólo podía fijarse en la joven Sofía, en su piel rosada y su boca perfecta. Repasó en un instante todas aquellas noches posteriores a su marcha en las que soñó con declararle su amor y pedir que se quedase con él, en todas las veces que pensó en comprar un billete de tren a Barcelona y presentarse en la casa donde servía, en las cartas que escribió y nunca envió y todo lo que le pesó no haberse atrevido a hacerlo.

Con cada bocado de pan aceitoso que introducía en su boca, con cada masticación y deglución, iba empañándose más y más la imagen, diluyéndose en lágrimas los contornos de las pantorrillas de Sofía, esfumándose los reproches de Inés, y quedando tan sólo Ernesto, sus calamares y la melancolía.

Buscó a tientas algo con lo que enjugarse tanta humedad y, topándose con la caja de ganchillos que la aparición de su madre le había obligado a buscar, la encontró abierta y repleta de pañuelos. Cogió uno, secó todas sus penas en él y después se puso a estudiarlo. Había en el cofre de Phildar una docena de pañuelos de holanda, bordados con su inicial en caligrafía inglesa e impregnados de un perfume diferente al del remedio antipolillas. Olían a rosas y tabaco en una proporción extraña.

Levantando los lienzos descubrió los restos de varios puros desmenuzados por el tiempo y supo al instante que eran de su ausente padre. Aspiró con más fuerza, como para atraer su presencia y los pocos recuerdos que de él poseía, pues si a alguien le gustaría ver es a Ernesto padre, ese hombre que partió camino a la Argentina y nunca regresó.
Apretó los dientes y los párpados como en su niñez, cuando al despertarse por las noches y escuchar algún ruido en el pasillo, rezaba para que fuese él que había vuelto por sorpresa y tropezaba con los muebles que aquel hogar que no conocía.

Y también como entonces, otro ruido le devolvió a la realidad. Sebio le traía un cortado que le sacase de su galbana. Mejor así. Acabaría de una vez por todas, liquidando el pasado y echando la persiana para siempre a La Prodigiosa.

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