liquidación (parte I)

Ernesto salió de casa a una hora prudencial, se caló el sombrero de ala al doblar la esquina de Reza con Progreso y dio una vuelta más a su bufanda al pasar por delante del quiosco de la Alameda. Un periódico y un par de frases sobre el tiempo después, atravesaba la Plaza Mayor.

Izar la persiana metálica, abrir la puerta y encender las luces de la tienda le llevó unos minutos. Las lámparas vacilaron unos instantes, dudaron, pero acabaron por obedecer tras un zumbido de protesta inicial. Aquel olor inconfundible a flores impregnaba aún el local. Su tía Inés acostumbraba a pasar las tardes de invierno pegada al brasero que se ocultaba bajo el mostrador, confeccionando pequeñas bolsitas de lino en las que después introducía tallos de lavanda. Las distribuía por toda la tienda porque, decía, no podía soportar el olor del alcanfor y la planta conseguía ese mismo efecto contra los insectos. Tanto tiempo después de que una neumonía se la llevase, la fragancia persistía como parte indisoluble de La Prodigiosa.

Aquella mercería minúscula fue regentada por su madre y su tía, que en Gloria estén, hasta el día de su muerte. Él, en parte por nostalgia, en parte por inercia, la mantuvo abierta después de sus fallecimientos, aunque jamás había vuelto a pisarla tras la desaparición de la última de ellas. Después, y por más de un lustro, contrató a distintas dependientas que se hicieron cargo de todo.

Tenían ambos, el negocio y él, la misma edad, aunque Ernesto era ligeramente menor. Aquel día se conmemoraba su apertura, en un enero de la más férrea dictadura española; cumplía sus sesenta esplendorosos años y, con ellos, echaba el cierre para siempre. Era momento para la jubilación y desde hacía unas semanas estaba liquidándose la mercancía.

Podía repasar toda su vida sólo con estudiar cada estante: con ver los hilos clasificados por marcas, colores y tonos; las cremalleras según su longitud y los encajes y entredós salpicando la pared del fondo, suspendidos en el aire y mecidos por las corrientes provenientes de la calle.

Abrió el primer armario que pretendía vaciar y se encontró con su querida madre, Doña Adela, metida en él. Enlutada por completo y con su cadena de oro de la Virgen del Carmen parecía enfrascada en contabilizar el número exacto de agujas de calceta que había desperdigadas en una de las cajas. Contaba con los dedos y entonces, de pronto, echó a correr detrás del mostrador, sacó el libro en que llevaba el inventario y comenzó a apuntar frenética.

Seis pares del número tres, cinco del seis y medio, tres del ocho, cuatro del cinco y ninguna del ocho y medio. ¡Esto es intolerable! No podemos estar sin existencias, es una vergüenza hijo, es una vergüenza para el buen nombre de la tienda.

¿Ma… madre? – Ernesto creía estar enloqueciendo, pues llevaba enterrada más de doce años- ¿eres tú?

No preguntes tonterías, hazme el favor; bájame de la repisa de arriba la caja de ganchillos, a ver cuantos nos quedan del calibre tres y cuatro. Tengo que llamar a Phildar a Madrid, que nos las envíen de inmediato; con este frío se adelanta mucho la labor por las tardes y las clientas las demandan.

Pero…

Pero nada, coge la escalera y haz lo que te pide tu madre, ¡marchando!

Como tantas veces durante tantos años, Ernesto sacó la escalerilla de pintor y se encaramó a ella para buscar las dichosas agujas. Las encontró donde le había dicho, en un cofre de madera con el nombre de la casa francesa pintada a mano en la superficie. Al volverse hacia donde su madre estaba haciendo cuentas, vio que se había esfumado.

Puede que las historias ligadas a aquellas paredes, tantas y tan importantes, se hiciesen vívidas para un hombre que sólo se sustentaba de nostalgias y recuerdos del pasado. Quizás no era para tanto sufrir algún tipo de alucinosis, sólo un síntoma de la debilidad del alma de cualquier anciano.

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