Tatuaje

Sergio tenía tres años y medio. Una noche comenzó la fiebre. A las seis de la madrugada ya rozaba los cuarenta grados. Tres días y varios médicos impotentes después, estaban frente a su minúsculo ataúd lacado en blanco.
No estamos preparados para las muertes contra natura y el desgarro interno que provocan en una madre catatónica, en un padre que se deshace los nudillos contra una pared alicatada y un vecindario repleto de cuchicheos y codazos ante su presencia fantasmagórica en el supermercado.

Durante semanas el mundo entero se empeñó en decirles que debían seguir adelante, que la vida continuaba y tenían otro hijo más por el que luchar. Si lo piensas detenidamente, es una estupidez tratar de consolar a un lisiado diciéndole que le queda otro miembro sano.
Palabras sin sentido que no sirvieron más que para alimentar la sensación de incomprensión, de soledad absoluta cuando los demás agachaban la cabeza ante sus explosiones de llanto en pleno patio del colegio y toda aquella desesperación a pesar de un informe médico que hablaba de malformaciones indetectables, tumores letales y destinos marcados por un ADN caprichoso.
Se desmoronaban ante cada indicio de su ausencia: las ceras perdidas bajo el sofá, un coche de plástico en un escalón del jardín, aquella vajilla de cuatro servicios y la constante sensación de saber que les sobraba una silla y les faltaba un pedazo del alma.

Recibieron muchos consejos. Hablar es gratis y a la gente le encanta jugar a recomponer jarrones rotos. Empeñados todos en asegurar, con un tono solemne, que se les pasaría si enterraban todo lo que les recordase a él, que el dolor remitiría poco a poco y puede que una mañana se despertasen sin creer oírle reír al otro lado del pasillo, sin pensar que la habitación verde estuvo ocupada por un niño de ojos casi negros y amor por los perros feos.

Después de cerrar bajo llave todas sus cosas, de esconder las fotos y las pintadas en la pared del salón, de las anestesias y las analgesias de sentimientos por prescripción médica; tras comerse su dolor a cucharadas cada mañana, se cansaron de olvidar y se rindieron al recuerdo vivo y palpitante de su hijo desaparecido.

Fue así como encontraron un modo de seguir, una catarsis perfecta para padres huérfanos: una metáfora del trauma transformado en belleza, de la belleza transfigurada en amor y del amor como fin último.
En cada muñeca izquierda una de las dos partes que, enlazadas, forman un símbolo de la eternidad y circularidad de nuestra existencia; una cicatriz compartida que acariciar y mirar a diario hasta el día en que constituya parte fundamental de sus cuerpos, sabiendo que, aunque borrarla fuese posible, jamás lo harían.

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12 pensamientos en “Tatuaje

  1. Supongo que es la forma más sana de seguir adelante, sufrir el dolor, aunque te rompa, aunque te vaya matando…Porque enterrarlo supone no asumirlo. Porque la única forma de continuar es ser consciente de que duele, que seguirá doliendo siempre, pero que es posible vivir, aún llevando ese peso.

  2. hablar es gratis? si son consejos “profesionales”, no creo 😛

    de lo otro, no sé que decir (por suerte). Debe ser la experiencia más dolorosa por la que alguien pueda pasar: Perder un hijo…

    bss

  3. no creo que nadie se recupere nunca de la pérdida de un hijo. ¿como hacerlo? ¿Como siquiera pensar en ello? Solo pensar en esa posibilidad me deja sin aliento. No, no creo que nada mitigue el dolor, y mucho menos intentar olvidar. Señor, solo de pensar que mi gorda me falte me pongo enferma. Besitos. Ojala que ninguno tengamos que pasar por ese dolor jamás. Los hijos siempre han de sobrevivirnos, siempre

  4. A veces no q da mas remedio diria yo q la resignacion ,ya la muerte es una desas cosas q diria yo q no tiene solucion ni aceptacion.Y ese punto de luz q le ves diria q es luz artificial.bikiñossssss

  5. Tienes razón en eso de que la muerte no tiene solución, evidentemente; aunque más vale que si aceptación, es parte de la vida nos guste o no. Y la luz y la esperanza nunca son artificiales, siempre queda algo por lo que luchar, aunque parezca pequeño al principio…

    bicos

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