taxidermia

En aquel monte que la Avenida de Portugal bordea, en la esquina entre el que llaman Carreiro do Lobishome y la rúa do Salto do Can, había una casa pintada de azul celeste que hoy devoran a medias una hiedra y un rosal trepador. En ella vivió durante décadas un mago capaz de detener el tiempo.

Ramiro no parecía ser especial: manos como abanicos de piel correosa, ojos diminutos y unas espaldas comparables a un armario de tres cuerpos. Era de esa clase de personas que infunden una confianza ciega en cuestión de segundos. Conseguía que se removiese tu interior con aquella voz áspera y grave que nacía de algún punto de su vientre abombado. Podía hacerte creer en cualquier cosa: en la multiplicación de los panes y los peces o hasta en la existencia del santo grial, oculto tras aquel cenador del que siempre se apoderaban los enamorados para besuquearse en el parque Miño.

Tras la puerta del picaporte dorado, junto a la cocina, se escondía su laboratorio; el lugar en donde conseguía inmortalizar un segundo de vida en tres dimensiones. Cerraba siempre con llaves y cerrojos, pues decía que parte del embrujo estaba en el misterio, en obviar las vísceras y trámites requeridos para conseguir el milagro.
Acudían muchas personas a su casa. Ellos traían pequeños bultos, arrastraban alfombras con cadáveres en su interior hasta la persiana metálica de su garaje, y le pedían que obrase la maravilla de la que tanto se oía hablar. Casi todos quedaban satisfechos. Algunos le pagaban una cantidad simbólica por su labor desinteresada, otros le abrazaban o hasta lloraban ante un resultado siempre espectacular.

Devolvía la vitalidad a un pobre perro enfermo de vejez, maquillaba los perdigonazos recibidos por los faisanes de collar, dotaba de una expresión de fiereza a todo jabalí, raposo o comadreja que confiasen a sus manos. Lo tomaba como una labor de alquimista en la que era necesaria una precisión quirúrgica y un profundo conocimiento del carácter del animal ante el que se encontraba.

Recreaba un instante en un presente continuo, borraba la decadencia y la corrupción de la carne y eliminaba las huellas de la muerte fijando a su paciente en una peana de conglomerado. Aderezado todo con troncos, piñas y otros elementos naturales, además de con aquellos ojos sintéticos que rescataba de un antiguo bote de aceitunas Lupy.
Sólo al final de sus días cometió errores; y por eso, en mi casa, escondido en algún rincón lleno de telarañas, hay una ardilla con un ojo azul y otro verde, disecada en su abrazo a una bellota reluciente.


PD: y que conste que no me gustan los bichos disecados, pero este señor en particular sí.

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2 pensamientos en “taxidermia

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