acacia dealbata

Talé el tronco leñoso con un hacha. Era un árbol formidable, robusto y flexible a la vez, pero se volvió incontrolable con sus casi siete metros de altura y sus ramas avariciosas.
Lo más sensato para conservar la armonía de la zona ajardinada era cortarlo. Sólo un tocón de madera pálida permaneció en la esquina que antes ocupaba. Para evitar que nada se salvase cubrí la herida sangrante con pintura blanca que lo aislase de todo contacto con la realidad. Ni una gota de agua, ni un rayo de sol, ni un resquicio por el que se colase la esperanza de una resurrección milagrosa.

Pasó el otoño y las hojas muertas cubrieron el suelo que antes era de su propiedad. Se resecó el musgo que anidaba a sus pies y tímidamente asomaron brotes de otras especies y razas que nunca fueron sus dignas competidoras.
Con el invierno creí que la podredumbre se haría dueña de los pocos restos que hubiesen resistido al azote de los hielos nocturnos. Llegaron los primeros destellos de un sol de año nuevo y me sorprendí con lo que encontré. Desperezándose tras una larga siesta, varios brazos se dirigían hacia el cielo con descaro.

Horrorizada, caí a sus pies y traté de arrancarlos con mis manos desnudas. Se deslizaban más que partirse, y como látigos indomables, abrieron heridas en mi piel. Entre los dedos ensangrentados tan sólo conseguí aferrar unas pocas hojas tiernas de sus ramas.
Tomé un cuchillo con que seccionar cada uno de los tallos insolentes. Frenética degollé todos los que se extendían ante mis ojos hasta que, extenuada, me vi tirada entre cadáveres, sin aliento y sudorosa. Cuando conseguí levantar la vista me encontré todavía rodeada de ellos: grandes y pequeños, con su cabecita agachada al principio, disimulados y discretos, o alzándose orgullosos y desafiantes al superar el palmo de altura.

Hinqué en la tierra y hasta la empuñadura, la hoja completa, revolviendo sus entrañas para tratar de acabar con la raíz del problema. Pequeños hilillos salieron a la superficie y también otros más retorcidos y repletos de nudos, aunque siempre secciones parciales que no llegaron a dejarme satisfecha.
Escarbé con tanto ahínco que me llené de tierra el regazo, los brazos embarrados hasta los codos y cientos de motas marrones salpicaban mis mejillas y mi frente. El sabor de la tierra húmeda inundó mi paladar y un regusto verde y fresco fue congelando mis pulmones a golpe de jadeo desbocado. Yo era fuerte, pero ella mucho más obstinada.

Finalmente me tuve que rendir al poder y vigor con que la naturaleza se empeña en demostrar que, a pesar de nuestra opinión, ella siempre tiene la última palabra acerca de la vida y la muerte.

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7 pensamientos en “acacia dealbata

  1. Te imagino arrodillada en el jardín manchada de tierra…

    “Lo más sensato era cortarlo”. Pero claro, quién nos dice a nosotros lo que realmente era sensato?? Jo, ya lamento lo del CD… 😦

    Besines y gracias por recordarme esta lección… 😉

  2. amigaeterna- mantengo una relación de amor-odio con las mimosas, me gustan y las aborrezco, todo a la vez…

    sansar- yo como soy maaaaas culta, me leí un libro sobre el tema, 😛

    murron- pero es que se extiende como una plaga!!!!!

    poedia- nunca se sabe qué es lo mejor o más sensato….

    bicos

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