renuncia encubierta

Deseas verte en todas las pupilas asombradas de la gente, en cada una de las personas con quien te cruzas. Ellas, por si mismas, son sólo un medio para un fin: jóvenes o maduras, altas como torres o aficionadas a la natación sincronizada, tanguistas acérrimas, amantes de la taxidermia o maníaco depresivas adictas a los cigarrillos light.
Actúan como un filtro óptico, una suerte de espejo deformante de feria que propicia a través de su percepción distorsionada que aparezcas como un ser de melena al viento, sagaz como un lince y no tan torpe como para golpearte con la mesilla de noche al levantarte de la cama.
Fantaseas así con que la vida no se ha teñido de hastío, desayunos descafeinados y pantuflas a cuadros, que aún es posible montar una revolución en tu interior y que aquella insurgencia adolescente armada con flores y buenas intenciones tomará próximamente las riendas en un futuro que siempre se aleja.

Te pierdes en las simas de tu consciencia y te buscas en la superficie pulida de hombres y mujeres espejo. Te presentas hacia fuera, irradiándote como el haz de luz de un faro: imponente, monolítico y sin dobleces. Asomándote hacia dentro, como todos, encontrarías que no todo es tan brillante, que aún está ahí ese infante que fuiste hace años: el tímido, el retraído, el que se quedaba callado y no destacaba por nada.

Aparentas un poco más grande y algo más inteligente, pero tus terrores son idénticos a los de entonces. En aquellos días la excusa para dormir con tus padres era la oscuridad, ahora el pretexto para jugar se denomina rutina; en definitiva, modos de eludir quedarte a solas, de enfrentarte a tus dragones personales.
Supongo que temes verte como un ser anodino, alguien del montón que se sienta en segunda o tercera fila y que desde allí observa lo que ocurre a quien tiene el privilegio de estar en el escenario.

El caso es que, tal como yo lo veo, la vida se está convirtiendo, cada vez más, en una suerte de speakers´ corner. Un lugar en que con sólo una silla te fabricas tu propio púlpito o pasarela de modas y en donde parece que lo esencial es tener una audiencia que te aplauda mientras no se eche el telón.

Sin querer, o tal vez queriendo, te habitúas a las renuncias encubiertas, a las excusas de plexiglás y otras mentiras contadas para no sentir que has aplazado las reformas de tu corazón hasta nuevo aviso. Simplemente te instalas en la comodidad de las palmadas en la espalda, las felicitaciones por nada y la mediocridad en tonos marrones. Por eso abandonas mil y un proyectos y los aparcas en el arcén de una carretera secundaria, porque en el fondo te paraliza el miedo y prefieres jugar a conformarte con sucedáneos.

Y mientras, yo, como una ilusa, aún confío en que algún día te atreverás a intentarlo, pero no como un acto de cara a la galería. Espero que lo hagas para demostrarte que puedes, para acallar esas voces interiores que te insinúan que el idealismo ha muerto, que lo sensato es conformarse con esto.

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6 pensamientos en “renuncia encubierta

  1. en realidad va para mi misma, pero en masculino impersonal de ese que vale para ambos géneros… o eso decían en el cole.

    Yo sé lo que quiero, otra historia es que lo que quiero acabe por ser lo que me conviene. Esperemos que sí….

    bicos

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