Individualidad

Nunca aprendí a dormir acompañada. Por eso supone un alivio esta cama de noventa centímetros pegada a la pared. La solitud y la soledad, aunque hay quien lo dude, son cosas distintas; y el contacto forzoso es peor que soportar mis pies fríos como témpanos hasta el amanecer. No podría ni por un instante tolerar un aliento ajeno en la nuca o un brazo a la deriva circundando mis caderas, no en este momento, ya no.

Giro y me revuelvo entre mantas con la libertad que da el saber que no importa cuantas veces lo haga porque no hay a quien pueda estar hurtando las sábanas. Egoísta y avariciosa con la almohada: la abrazo, le cuento sueños, la sumerjo y enredo entre mis brazos y piernas, hago de ella lo que deseo hasta enviarla al destierro de la alfombra, abandonada sin remordimientos.

Hubo un tiempo en que mi principal deseo consistía en llenar mi cama, como si de ese modo se cubriese el vacío de mi interior. Ahora juego a lo contrario. Rebosa el corazón y se me derrama la esperanza impregnando el colchón.

Me acuesto sola, pero he aprendido que hay más formas de sentirse abrazada y arropada, que existen cercanías que no tienen que ver con contacto, que algunos besos no precisan de labios para calar.

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