Sosa cáustica

Cuando la última croqueta estaba completamente hecha, o hasta reventada, se retiraba la sartén del fuego. En una esquina de la cocina de butano se la dejaba enfriar mientras toda la familia se sentaba a la mesa.

Tras los flanes de vainilla y otros postres, yo iba en busca de la botella dorada. Armada con un colador metálico inserto en un embudo verde lima, preparaba el intrincado mecanismo. La sartén, entre tambaleos e inseguridades procedentes de unos brazos debiluchos aunque decididos, iba vertiendo su contenido, ya tamizado, en el envase de plástico.
Entonces se repetía la cantinela de siempre:
– no dejes que se vierta el poso final, está demasiado requemado.
– ya, ya sé…
Lo sabía de sobra, y tenía cuidado de que esa parte oscura y con vetas negruzcas nunca se filtrase y emborronase el perfecto tornasol lleno de burbujas perladas. Unas veces eran producto del aire embolsado, otras de agua que con ayuda de una pajita solía introducir sin que me viesen los mayores. Enroscaba al máximo aquel tapón rojo con logo en blanco y, tras recorrer con una bayeta las sinuosas curvas hasta dejarla lustrosa, la devolvía al armario, bajo el fregadero y tras el cubo de basura.

Un día, el menos pensado, ese envase se llenaba y ya no volvía a su lugar entre cacharros de cocina. Era el momento de llevársela a Aurora. Con la botella sujeta entre las rodillas, me pasaba el trayecto en coche con la nariz pegada a su superficie mirando como oscilaba a destiempo y plácidamente el líquido de su interior.

Al llegar, y mientras aparcaban, saltaba del coche y subía a grandes zancadas la rampa de gravilla hasta su casa. Normalmente gritando.
– hooolaa, hoooolllllaaaaa, hoolaaa tía Auroraaa….
– Hola, hola, tranquila nena, respira e deixa no banco o aceite.
Lo llamaba así, pero se refería a la que en tiempos fue una lápida familiar, losa de granito con inscripciones gastadas en que figuran algunos de mis tatarabuelos y en la que colocaba la botella, a la altura de la cruz y las tres letras que piden paz y descanso para los muertos.

Aurora entonces me besaba como sólo las mujeres de pueblo lo hacen, aprisionando mi cuerpo con el suyo, hasta sentir como su medalla de la “Virxe do Carmo” se incrustaba en mi esternón y me cubría las mejillas y la frente de su cálido aliento.

En un cobertizo anexo a la casa tenía lo que para mí constituía un pequeño laboratorio. Contaba con un infiernillo, cazuelas de aquellas marrones de proporciones descabelladas y un molde viejo para hacer bicas* de dos docenas de huevos.
Encendía el fuego y yo corría huerta arriba con un cubo de zinc hacia el pozo. Solía tener el pilón lleno de agua cristalina y, sumergiendo mi brazo hasta el codo llenaba el recipiente. Al volver la encontraba contando con los dedos, calculando proporciones y musitando cifras en gramos y centilitros.
Ajena al dilema matemático, seguía con mi tarea de aguadora hasta cubrir un tercio de una de aquellas ollas propias de caníbales que estaba al fuego. Después, en cuclillas, observaba la alquimia del proceso.
Una taza llena de un polvo blanquecino que parecía hervir por si solo al contacto con el agua reposaba a un palmo de mí, aunque tenía prohibido incluso mirarlo fijamente. Mientras, el aceite al baño maría emulaba a un barco camino del infierno.

Existían señales invisibles que anunciaban a Aurora que era momento de mezclar ambos componentes. Al terminar de hacerlo, me armaba con un batidor de varillas y removía y removía y removía hasta que me daban el alto con una palmada. Era hora de llenar el molde y pasar el rasero para igualar la mezcla resultante.
Sólo faltaba un ingrediente. Me lo susurraba al oído y yo corría en dirección al jardín, arrancaba un par de ramas y las deshojaba con las manos en mi camino de vuelta. Se espolvoreaban por encima y observábamos como se hundían todas las espigas violáceas de lavanda hasta depositarse en el fondo.

Después salíamos de allí, no quedaba más que dejar pasar el tiempo.

Ahora ya no atesoro aceite ni recuerdo exactamente como era su aroma, si había unas proporciones fijas o si se añadían ingredientes por pura intuición. Ni siquiera mi piel sabe ya lo cremosa que resultaba su espuma o lo fácilmente que se quebraban las pastillas al secarse.
Tan sólo mantengo una imagen nítida y sin fisuras: la de un paquete de jabones olorosos sobre aquella lápida, a la altura de la cruz, bajo las tres letras que ya sabéis, a modo de pago regular por mi colaboración.

*bica- especie de bizcocho casero típico gallego.

Anuncios

10 pensamientos en “Sosa cáustica

  1. me encanto,yo te dare las proporciones 6litros de agua ,6de aceite o grasa animal y 1 kilo de caustica
    mi madre lo hacia y yo generalmente daba vueltas Si algun dia quieres probar a hacerlo tienes que poner lo ultimito la caustica ,pero ya no se hacen estas cosas .LA HISTORIA PRECIOSA ,FELICITACIONES ha! no te conocia, saludos

  2. me has copiado el título, que-lo-sepassss.
    junto a esa preciosa y preciosista historia que nos has traído hoy, me llevo en el estuche el significado de tus besos con sabor a bizcocho casero.
    bss

  3. Aun recuerdo cuando hice jabon con aceite usado, el problema es que lo use para freir unas alitas con salsa barbacoa y el jabon salio rosita. Pero era graciosisimo lavarse las manos y salir del baño oliendo a salsa barbacoa!

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s