l´amour fou

La vio una mañana en que tuvo que hacer ciertas diligencias en el ayuntamiento. Se quedó prendado de sus curvas rotundas, la melena rubia ondulante y sus gestos diestros. Podría decir que ante ella sintió una punzada en el corazón, pero fue más abajo, algo mucho menos poético y sí más instintivo.
Sus ojos la recorrieron a conciencia, palmo a palmo, tratando de memorizar aquellas carnes, todavía prietas, de quien no conoce el marchitar que le espera a las flores cuando llegue la madurez estival.

Maldijo la rapidez con que, para su disgusto, fue atendido en el mostrador contiguo al de ella, por aquella insípida y magra funcionaria que le tocó en suerte. Gracias a una carambola del destino alguien la llamó, y el sonido dulce de su nombre se le incrustó bajo la lengua, quemándole la boca e inflamando sus pupilas al volverse ella con una sonrisa, que se le antojó dedicada en exclusiva.
Esa misma noche aquel ardor y aquel nombre de mujer le inundaron hasta que, como siendo adolescente, no pudo por menos que abandonarse a la febril urgencia de sus deseos, enterrando los incontrolados gemidos bajo el alicatado de la ducha.

En las semanas siguientes descuidó parte de sus obligaciones en favor de la devoción que sentía por ella. Siempre en la distancia, admiraba aquella Venus de Rubens puesta en la Tierra para él. Continuaba soñando con hacerla suya, con asaltarla en algún oscuro camino, forcejear con sus ropas y finalmente sentir aquella piel de nácar bajo sus manos rudas y encallecidas.

Sin embargo, era aquel un amor unilateral y sin ningún tipo de futuro. Él, con medio siglo rondando sus sienes plateadas, el anodino puesto como auxiliar de mantenimiento de una sede empresarial y sus más de dos décadas de rutinaria vida marital, no aspiraba a nada con respecto a ella; se resignaba a soñarla con los párpados apretados mientras arremetía, impetuoso, sobre su esposa dos noches por semana.

Ella, por tanto, no sabía de su existencia, de ese amante que la espiaba tras las columnas de los aparcamientos públicos y las mesas contiguas de las cafeterías. Se creía en total y plena soledad, invisible para la ciudad y el mundo entero; con un puesto aburrido en la administración en el que diluir las ilusiones y esperanzas de juventud que no veía cumplirse por más que lo desease.
Suponiéndola así de sola, él tomo una decisión: llevaría a cabo una gran demostración de amor. Algo que la hiciese sonreír como lo hizo aquella primera mañana, que le devolviese la alegría.

Volvía ella a casa, como cada mediodía. Circular por aquella carretera secundaria en las horas centrales del día era como hacerlo por pleno desierto. Con las ventanillas bajadas podía escuchar el canto de las cigarras y los chillidos de algún milano cazador.
Se sorprendió al encontrarse con otro automóvil al salir de una curva. Ambos se cruzaron casi al ralentí; mirándose a los ojos, encontrando ella familiares aquellas pupilas, aquellas manos teñidas de blanco que aferraban el volante.
Siguió camino, todavía con aquel hombre en mente, tratando de recordar donde lo había visto antes. Esas cavilaciones se esfumaron cuando se percató de que, en el desvío que llevaba a su aldea, había algo.
Algo escrito sobre el asfalto con pintura blanca y sellado con un rotundo “yo te quiero, Sara”.

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9 pensamientos en “l´amour fou

  1. que díficil, cuando quieres que te quieran no te quieren, y cuando no quieres que te quieran te quieren, a mi me pasó algo muy parecido, con alguien que no conocía casi de nada, él me lo dijo por carta, yo solo darme cuenta que había conseguido mi dirección, uf!!! me sentí fatal.
    petonets

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