Redención*

Desde ayer tienes adherida a la piel esa mezcla de incienso, humedad y palomas, ese aire áspero del interior de la iglesia. De fondo las eternas campanas, tañendo en un idioma casi olvidado: una tanda solemne si es hombre, dos si es mujer, silencio de diez minutos y de nuevo vuelta a empezar.
Te sientas junto a la puerta lateral, a media altura; ni tan lejos que no parezcas de la familia, ni tan cerca que alguien piense que te duele su pérdida. Con cierto respeto, el que merecen los muertos; con el suficiente desdén, el que merecen los mezquinos miserables.
Todo acaba para él de un modo frío y mecánico una tarde de agosto, con el sol asomado al portón principal de la ermita. Y nadie llorará, nadie tendrá piedad, tanta o tan poca como tuvo él en vida.
Murmuro un “hasta nunca” tras mis gafas negras cuando pasa el féretro lustroso por mi lado. Alguien me da un centro con una banda de inscripción hipócrita “de tus sobrinos que te quieren”. Que fácil mienten las letras autoadhesivas, que sencillo es hablar de cariño cuando alguien ha muerto.

El cementerio está cercano, sólo hay que cruzar una carretera comarcal para llegar a él, apenas unos veinte metros de asfalto y gravilla.
El cementerio, sin embargo, se ve lejano; a varios años luz, suspendido en el tiempo y espacio, envuelto en su atmósfera cargada de flores marchitas y putrefactas en memoria de aquellos que aguardan bajo sus losas cubiertas de musgo a que sus allegados les visiten.

Allí siempre corre una brisa que descoloca tu pelo, siempre el silencio respetuoso; siempre las manos en busca de algo que hacer, de flores que retocar, hojas que barrer o velas que encender. Así se evita pensar, se llenan los minutos de combinaciones de gladiolos y lilium, de rosas mustias y paniculatas utilizadas de relleno.
Y cuando todo está hecho, cuando se ha sellado ya el nicho y hueles la silicona desde varios metros, te queda el rezar, soltar alguna oración.
Repites fórmulas que ni siquiera asimilas, con las que te sorprendes en un “vuelve a nosotros esos tus ojos, miseridordiosos” sin ser consciente siquiera de si eso es una salve o un avemaría. Luego caes en la cuenta; salve.

Harían falta varios cientos de plegarias más para comenzar a salvar su alma del purgatorio; por eso te contentas con amontonar las coronas y depositar algún cirio que lo vele esa primera noche.
Esbozas después una cruz en tu frente, otra sobre tus labios y una última sobre el pecho; no tanto por él como por ti, como si así borrases sus faltas de tu mente y los descalificativos de tus palabras; como si expulsases el rencor de tu interior.
Quizá sea ésto una reconciliación, o un comienzo.

* repito título, en que andaré pensando….

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8 pensamientos en “Redención*

  1. El espectáculo de la muerte, que siempre atrae público ávido de buenas historias para la hora de la siesta.
    Aunque siendo sincera, fue todo de lo más sobrio; lo correcto, justo y necesario, parece que no se ganó nada más, ni siquiera un drama fingido.

  2. Qué mezcla de sensaciones tan explosiva. Me recuerda a un entierro no muy lejano, en el que me sentía mal por no sentirme mal, y es que pariente y buena persona no tienen por qué ser términos contradictorios. La contradicción se genera en nosotros.

    Por cierto, al final conseguí editar la cabecera de mi blog y entenderme medianamente con el lenguaje html, pero gracias de todos modos.

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