onírico (de sueños y eso…)

Aún no ha amanecido. Camino por la habitación en penumbra, directa a la puerta que da al porche, ese desde el que ver el mar.
Siento palpitar bajo mis pies los tablones de madera que forman el suelo, cálidos y suaves, mientras trato de evitar las juntas y zonas anudadas. Acabo de despertarme de una noche de verano, de esas que dejan la piel espesa, el pelo revuelto y la mente plagada de ideas pastosas.

Dormí enredada en mi propia sombra, en la ropa de cama y hasta en mis sueños; los he abandonado a todos salpicando el colchón, liberándome con el nuevo día del sudor, el cansancio y la torpeza acumuladas.
Se filtra la claridad a través de los resquicios de las contras despintadas y chirriantes, reflejándose y formando dibujos a lo largo de las paredes y el techo. Tiemblan esas figuras chinescas con la brisa que empuja las puertas y me acaricia la cara, contagiándome de yodo y sales, de algas y arena fina.
Observo el paisaje desde el marco de la puerta; y, aunque es una casa desconocida, estoy segura de que existe, que oí hablar de ella y del sonido del agua contra las rocas, de las gaviotas sobrevolándola y el sol naciente tras las macetas repletas de geranios.
Abro los ojos y los poros, ávidos de luz e imágenes ante aquel mar, un mar Mediterráneo que reconozco sin haberlo visto más que un par de ocasiones; al que intuyo por la forma de acunarse, de reflejar la luz y abrazarme hasta alcanzar los huesos con su aliento tibio.

Me digo que estoy soñando, aunque eso no importe, embargada por esta sensación de paz, de serena calma ante el horizonte.
Comprendo de forma natural que todo sigue su curso, sin cesar ni parase a preguntar mi opinión al respecto. Según el ciclo lunar, según los meses, los calendarios, las citas y los compromisos adquiridos. Según las mareas, según su discurrir: bajando, subiendo, mojándome los pies y enterrándolos en la orilla al marcharse.
La tierra gira, el tiempo pasa y no ocurre nada; no hay angustia, no hay miedos, sólo serenidad y ojos abiertos: para no perderme detalle, para saber esperar y saber actuar en cada momento. O intentarlo al menos.

Me despierto. Estoy en mi cama, en mi casa, en mi realidad concreta. Miro las paredes recien pintadas, de un color verde: verde mar, verde hierba, verde Lorca, verde ilusión, verde alegría; de un verde esperanza…

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