Entrerrúas (el callejón de los besos)

En pleno bullicio de la rúa do Franco, en esa calle que de tan abarrotada desaparece, engullida por los propios visitantes; por cientos de sandalias, botas, cámaras de fotos, bastones de peregrinos falsos y reales, idiomas diversos y carteles seductores que tratan de atraer a los incautos turistas.

Allí, en donde uno se pregunta si está en donde está o más bien en una capital europea en hora punta, si aquello es turismo o si alguien creerá de veras en los milagros de las mariscadas frescas de la ría por menos de doce euros.
En lo que algunos han llamado el tontódromo, circuíto para visitas guiadas que recorre la calles hasta el Obradoiro; repleto de tiendas de recuerdos de distinto pelaje, de todo tipo de artistas callejeros que se disputan la esquina de correos, y de músicos anglosajones que hacen que se les salten las lágrimas a grupos venidos desde algún rincón de Irlanda.
En esa calle granítica en la que te asaltan mujeres sonrientes tratando de que pruebes las especialidades reposteras de la (su) casa, en que los listados de precios de los restaurantes son estudiados con tanta atención como ponen los niños en observar las peceras expositoras, esas en que dormitan los bogavantes y las nécoras vivas, esperando ser elegidas para alegrar la jornada y el nivel de colesterol a algún adinerado comensal.

En esa zona artificialmente encantadora, con cada detalle medido, sin estridencias arquitectónicas que eclipsen a la Berenguela, con su circuito cerrado de video vigilancia policial, con sus “no pierdan de vista sus bolsos” y sus “llueve que da gusto en Galicia”.
En aquella parte de la ciudad que se hace universal de abril a octubre, que se desgaja del resto del mapa y se proyecta a modo de escaparate mundial. Es ahí donde se encuentra el lugar más íntimo y con más encanto de Santiago. Mi rincón favorito, un escondite.

Si no has vivido allí posiblemente no repares en él, pensando quizá que no es ningún lugar interesante o puede que sea un callejón lleno de basuras y restos de pescado podrido como tantos hay en otras ciudades. Pero no, grave error.

Es una calle estrecha en la que ni siquiera puedes estirar los brazos sin chocar con las paredes; con las losas del suelo empedrado numeradas porque están de tal modo colocadas que si se levantasen y cambiaran de lugar no encajarían.

Allí, por supuesto, donde nunca brilla el sol, y está perpetuamente húmedo, oliendo a frío y a lluvia. Donde siempre te ves obligado a rozarte con quien te cruces, a ponerte contra la pared y contener la respiración un segundo para que pase más holgado, ese tunel en que todos hemos tratado de trepar pared arriba alguna noche de tazas de vino y caza de resfriados.

Con una placita central, en la que antes había un bar con una terraza de tres mesas calculadas y sillas con márgenes de maniobra de pocos centímetros, con un pasillo central sinuoso, dejado para los peatones que cruzan de una calle a la otra, y que irrumpen en el íntimo ambiente, plagado de sonidos amortiguados que se filtran desde la vorágine circundante, sin llegar a molestar del todo, como espectadores ajenos.

Algunas tardes cálidas me sentaba allí, con un café, aunque lo propio fuese un licor casero de los que rascan en la garganta, y veía pasar el sol por el trocito de cielo abierto que dejaban los tejados para la terraza y los gatos que sesteaban en lo alto de los muros.

Dejaba ir la tarde, pasar las horas, hasta que una corriente fría subía enumerando sus pasos del uno al infinito por aquella callejuela angosta.
Tan estrecha es que muchas veces me ha parecido ideal para enredarse, para besarse y utilizarla después como excusa; a modo de atajo, no entre dos calles, pero sí entre dos bocas, entre dos personas que buscan cercanía y un pretexto perfecto para ello.
Por eso a veces hablo de ella como el callejón de los besos, aunque no sea su nombre.

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13 pensamientos en “Entrerrúas (el callejón de los besos)

  1. en Barcelona, en el barrio de la Ribera, existe la Calle de los Besos. Es pequeñaja y estrecha como la tuya de Santiago. Siempre creí que debía su nombre a los incontables amantes que, a resguardo de la ciudad, se dedicaban al bello arte del intrercambio de efluvios. Hasta que un día me enteré que desde allí, en el siglo XIX, los familiares de los presos de la Ciudadela (condenados a muerte) se despedían de ellos lanzándoles besos.
    El Carrer dels Petons.
    Por cierto, ¿cuántos petonets te han robado en esa calle? 😉

  2. anamari- pues ya sabes… date una vuelta que es la época perfecta, cuando aquí llueve poco y ahí te abrasa el sol 😉

    solounpoco- Pues me gustan, calles retorcidas y laberínticas, para perderse por ellas. En sitios así cobra sentido eso de callejear.

    bicos para ambos

  3. a mi me gusta perderme de vez en cuando por calles así, como dice Sansar por aquí hay unas cuantas como esa, ahora después de leerme varios libros sobre la Barcelona medieval o de la guerra civil , todavía me pierdo mas,
    petonets

  4. Este es uno de los mejores textos que he leído últimamente, gracias a él, (a ti) he podido pasear por ese callejón de los besos con tanto encanto, tanto por el relato como por el entorno.
    Saludos

  5. …Me da nostalgia Santiago.
    Seguro pasé por esa calle…y lo dejé, el par de veces que estado en ella.

    Seguro vuelvo, y cuando lo haga robaré un beso en honor de este post tan lindo.

    biquiños.
    ->beto

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