modificación del hábitat*

Duermo dos horas escasas.
El resto son cúmulos de rumiaciones, puñados de conversaciones conmigo misma. La sensación de la nada, niebla que me impide ver el horizonte, que borra el pasado y el futuro para dejarme en ninguna parte, en algún punto de un prado cubierto por hierba alta, inmensa e impenetrable. Sola, rodeada de personas a las que juzgo injustamente, que me quedan grandes, que me resultan inadecuadas, aunque la única fuera de lugar sea yo.

Miro mi vaso. Medio lleno. Me impongo el optimismo como etiqueta, sin mayor justificación.
Sin embargo, sólo me importa ese vacío, la marca que dejan los líquidos, aquella señal de hasta donde pudo llegar, hasta donde no volverá a ascender. La línea que dibuja el contorno de lo que se pierde, el límite al que aspirar, uno que desearía poder superar. Poder olvidar que existió, que estuvo ahí y que ahora no queda más que esa huella, su ausencia.
Cierta brisa entra por la ventana, y yo tiemblo como una hoja. Son escalofríos que suben por las piernas, que bajan hasta las manos, que me nacen de algún punto cercano al diafragma. Son fruto de la resaca más larga de mi vida, una que comenzó el domingo y se resiste a irse, que no se calma por más que beba, por más duchas de agua helada con que me torture.
La convicción de que lo inevitable ha de ser va tomando cuerpo, se hace fuerte. Veo claro que la cotidianidad me atrapará; oigo a la normalidad acercarse, pisándome los talones. Pronto me engullirá, me teñirá de gris, de un marengo cercano al color de la mediocridad, de lo banal y ligero.

Empiezo a caminar, a escapar de tanta farsa, de las risas enlatadas de las series de televisión y las caricias que me hace mi propio pelo en el cuello. Sigo un camino, o más bien una carretera, lo cual es ya bastante convencional y propio de mi necesidad de seguir sendas ya señalizadas.
Me concentro en colocar mis pies en las lenguas fosilizadas del asfalto fronterizo, donde se cuelan las matas de margaritas entre las piezas quebradas y los irregulares bordes. Las zarzas tratan de retenerme, de evitar que me vaya. Me arañan, hieren hasta hacerme sangrar, pero no consiguen que me detenga. Cuatro kilómetros después me descubro llorando, aturdida y sin saber exactamente como he llegado a donde estoy.
Me cuesta horriblemente respirar. Puede que el mundo me esté robando el oxígeno, y también puede que no me importe demasiado. Me quedaré en una cuneta, pendiente de los cuervos que inspeccionan algún campo arado, de esa capa de desencanto que me cubre los hombros y todas esas nubes algodonosas a las que he atado mis sentimientos para que los lleven lejos, para que me los arranquen de dentro.

Vuelvo a casa tratando de serenarme, de parecer alguien equilibrado. Algo atrae mi atención.
Una culebra de collar, desmadejada, arrugada como un folio para tirar, panza arriba, con parte de las entrañas a la intemperie. La ha atropellado un coche.
Todo por abandonar el terreno seguro, por atreverse a dejar los prados y aventurarse por lugares desconocidos sin saber bien a donde se dirigía.
¡qué ironía!

*Cambio de las condiciones medioambientales locales en las que vive un organismo concreto.
La modificación del hábitat puede ocurrir de forma natural; no obstante, está generalmente inducida por actividades humanas y afecta a las especies interfiriendo en su evolución poblacional o su patrón comportamental de un modo evidente.

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6 pensamientos en “modificación del hábitat*

  1. ojala esas nuves algodonosas a las que has atado tus pensamientos se los lleven bien lejos, que se vayan ellas, nos dejen un sol deslumbrante y a ti tus buenos pensamientos.
    me encanta la manera que tienes de describir todo con muchisimos detalles.
    Un beso!!!

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