distanciamiento (ficción y realidad)

Dejar que se sigan los días, que discurran como lo hace el tráfico de la ciudad. Sentarse a mirar como luce el sol, como una nube lo tapona y después vuelve a salir.
Dormitar un rato en el sillón, rascarse la coronilla, sacar un par de fotos, comer algo y que vuelva a nublarse el día.
Abandonarse.

Ciclos que se sucedan, que tras los domingos lleguen los lunes y martes, que el sábado sea tan gris como el jueves y que los viernes huelan a rancio como los miércoles por la tarde.
Planificando tu vida en base a la programación televisiva, las retransmisiones de Roland Garrós o los reveses que te envía el calendario de trabajo en un correo de los de arriba.
Alejarte de tí.

Arrastrar los pies por el pasillo cada mañana, adivinar que el café sabrá a rayos, que las magdalenas estarán resecas y que olvidaste poner azúcar en tu taza otra vez.
Que rebroten las telarañas, los bostezos aburridos y las ganas de estirar los brazos y piernas hasta que se disloquen. Gruñir en lugar de hablar, suspirar para no chillar y ponerte al sol como los lagartos aletargados en las horas centrales del día.
Cauterizar tus heridas.

Pensar en tu futuro bronceado, en el ritmo de crecimiento de las medias lunas de tus uñas, en como las moscas se posan en los brazos. Dejar que te seduzcan durante unos segundos haciéndote cosquillas, espantarlas con un manotazo y después proponerte hacer algo de provecho.
Compartimentar la vida.

Medio viva y medio muerta, en hibernación, en ese limbo que han clausurado, que está tan polvoriento y patas arriba. Ansiosa por costumbre, fuerte por necesidad y esperanzada por convicción.

Descentrada, alejada del propio cuerpo, de las tensiones y los deseos fratricidas que luchan por reinar; olvidándote del pelo, de las frases pronunciadas, del vacío que no cesa de crecer y las justificaciones tísicas. Todo para que resulte sencillo seguir, para bordear las invenciones y las trampas de la autocompasión, para poder alejarte tal como quieres hacerlo.

Recuperando el ritmo, saliendo del bucle centrípeto, cogiendo el paso correcto para unirte al baile y dejar que todo salga, que se descongestione tu mente, que se disipe tanta confusión, tanto ovillo de lana apretada.

Empezar entonces a hilar, a tricotar algo con sentido; sin dejar que se escape un sólo punto. Puede que sin mariposas enloquecidas o energías desbordantes; pero libre de falsa nostalgia, de fabulaciones que emborronan las páginas, del impulso primario de hablar de una misma.

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15 pensamientos en “distanciamiento (ficción y realidad)

  1. Así que tricotar! No será mejor el ganchillo? por aquello de los espacios en blanco y luego palitos y luego espacios…Quizás no sea tan malo estar en hibernación, como es cíclico, la fase siguiente será “despertar” y eso si que no me lo quiero perder!!!

  2. Ponte a currar ya que el cerebro te va a salir por las orejas…. o eso o ten hijos q entonces se acabaron las divagaciones pues no tienes tiempo para ellas

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