Perros

A veces me acuerdo de N. No me avergüenza decir que lo que sentía por él sigue tan fresco como entonces, cuando nos cruzábamos en los pasillos de la escuela. Eramos compañeros de clase, reproducción a escala de lo que era el pequeño mundo en que vivíamos.
Niño rubio, guapo oficial, simpático, futbolista precoz y rodeado siempre de una corte de chavales que lo querían y admiraban. Ante los profesores se hacía querer, a pesar de ser tan desastre como para repetir curso en sexto de EGB.
Nunca nos dirigíamos la palabra, nos ignorábamos. Eso hizo que reparase en mí en un principio: no me quedaba admirada por su dominio del euskera, no me reía de su mala imitación del pato Donald o de sus chistes tontos. En cuanto me estudió un poco descubrió otra poderosa razón; había algo en mí que le resultaba mucho más insoportable que la indiferencia.

Durante algunos recreos me sentaba en un escalón del porche y desde allí observaba como los niños jugaban. Era yo una cría llena de ojeras y sobresaltos, de miradas desconfiadas y lágrimas secas rodando por la cara. Estudiaba a las madres de los preescolares, esas que se acercaban hasta el colegio para ver a sus retoños a través de los barrotes, y llevaba cierta contabilidad de sus idas y venidas, por si acaso… me pasaba así gran parte de los 25 minutos, gran parte de mi vida. Siempre por si acaso.

Un día N se colocó a mi lado con su amplia sonrisa como saludo. No dije nada, sorprendida ante su presencia. Al volverme, reparé en sus dos amigos a mi espalda, cerrándome el paso.

– Ay, ayy, ayyyy… eres tan rara… tan rarita…
-¿¿coo… cómo..??
– sí, que eres rara… aquí sentada, sola, y ese acento tontaina y empalagoso… la pinta que tienes de subnormal…

La presión habitual de mi estómago había trepado ya por mi garganta; se acumulaba en el paladar, hacía que se humedeciesen mis ojos y temblase todo el cuerpo. Me centraba en mis pies para no ver como seguía riéndose junto a sus amigos, como se pegaba a mí para susurrarme al oído.

– Niña de papá, gilipollas… Me das tanto asco que tengo que reirme… Me han contado cosas de tí, que lloras en los baños…. Normal… ¡¡perra!! eso eres, como tu familia, perros a sueldo…

Ese fue el inicio: el de mi arte para ocultar los sollozos con tirones de cisterna, pellizcarme las mejillas para recuperar color, hacer oídos sordos a lo que se hablaba, centrarme sólo en lo académico y desear enfermar para no ir a la escuela.
Siempre había algo: una nota, un empujón, un pelotazo, carcajadas, burla constante; aquellos insultos ocultos en frases normales, las miradas de reojo y las zancadillas.
Me bautizó con más de mil nombres, con decenas de cancioncillas y aquel juego recurrente de apoyar sus dedos en mi nuca y simular un buen disparo. Aleccionaba a sus seguidores de modo que resultaba ser siempre la impar en cualquier juego de grupo y la que sobraba en los equipos deportivos.

Estaba claro que el que se acercase mucho a mí quedaría marcado. Tenía amigos, pero no me defendían en los corros que se estrechaban a mi alrededor. No se atrevían.
Como única estrategia me mantenía inmóvil, soportando sus risas y las frases coreadas para martirizarme. Ahí siempre me abandonaba: completamente sola, con los ojos cerrados, repitiéndome mantras y plegarias; aislándome de su odio, alejándome de las palabras y los gritos, clavándome las uñas en las palmas para tener un dolor tangible que manejar.

Cuando llegó el momento de decidir, años después; me hice la valiente, la que se atrevía a dejarlo todo y sacrificarse abandonando a sus amigos y la perfecta vida de adolescente que pintaba en el comedor familiar. En realidad estaba huyendo, alejándome de aquello, de mi vida de perros.

Aún recuerdo perfectamente a aquel niño: su cara, sus ojos y el timbre de su voz taladrando mi oído. Lo revivo y me doy cuenta: todavía le odio, tan intensamente como el primer día en que me escupió.

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10 pensamientos en “Perros

  1. Esa es la maldad de los niños que está a la orden del día en los colegios. A mi también me pasaba algo similar, aunque no hasta ciertos extremos. Ir al cole era un suplicio porque había que aguantar burlas, bromas pesadas y alguna que otra pelea. Recuerdo a todos aquellos compañeros que tuve y en las fotos que cada año nos hacían a la clase en el patio, voy tachando con los dedos a los que ahora están en la cárcel por robar o traficar, y a los que murieron corriendo en la parte de delante en una persecución. Ellos también son parte de lo que ahora soy.

    Besos

  2. mola mucho cuando describes el miedo, desco. recuerdo otro post genial de un atentado, y de mirar debajo del coche…
    la sensación de aislamiento y canguelo en el patio está muy lograda. pero el odio… mmmm… me pasa contigo como con mi traductora pelirroja. no me encaja el odio.

  3. nick- me apunto las recomendaciones. En todo caso nunca tuve oportunidad de elegir bando, el “ellos” y el “yo” venía determinado…

    solounpoco- esta era una maldad aprendida de sus adultos, no era algo inventado, posiblemente su misma madre me mirase con el mismo odio ciego…

    laluz- el miedo está simplemente vomitado, tal cual era. el odio encaja cuando es la única forma de que el terror no te consuma…

    bicos repartidos

  4. he tenido el “placer” de conocer unos cuantos de esos, ya fuera en el cole (yo era el empollón) o más tarde en la vida laboral, ya la verdad es que si algo saqué en claro es que su fuerza se alimenta de nuestro miedo. Una vez que te enfrentas los ves como se van desinflando como un globo mal cerrado.
    Pero joder lo que cuesta!
    bss

    PS: le has seguido la pista de mayor?

  5. ayer me contaron que entra de nuevo en la cárcel, está vez por robo. Desde los 17 ha estado aficionado a eso de los cócteles y los contenedores y buses incendiados… enfrentarse a él, al menos en mi mente, no suponía ningún avance, sólo era un eslabón más en el terror general que sentía…

    bicos

  6. Hoy, eso que tan bien describes, está penado y castigado. Aunque el silencio, el miedo y la vengüenza sigan ganando la batalla.

    Sin embargo, quiero seguir creyendo en eso que mi madre repite siempre: “el tiempo deja a cada uno en su lugar”. Necesito creerlo…

  7. Yo recuerdo una niña (un chicazo) que siempre me quitaba el pan en el comedor, yo siempre me callaba y la ignoraba. Un día le planté cara, me empujó y empezamos a pelearnos, al final se cayó encima de una mesa…desde ese día no volvió a molestarme.
    Pero hay otros casos… en los que los “niños” son realmente “maltratadores” en potencia y en esos casos las cosas no son iguales, ellos se alimentan de tus respuestas para seguir creciendo y cuando más intermitentes son estas respuestas, mucho más se alimenta su furia y cómo en el fondo es lo que quieren, ya no dejan de buscarte para conseguirlo. Muy complicado… pero una cosa está clara y es que de cualquier forma y se mire por donde se mire siempre los desgraciados son ellos.
    Yo también tenía un perfil de “placebo”, ignorante a todo lo malo, pensaba que todo era tan bueno como yó y vás creciendo a tortazos.
    Un abrazo fuerte y una patada en los huevos a tu amigo.

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