7 kilómetros

Tenía planes.

Primero había unos PIPs y unos PEPs que entender. Después la hora autoimpuesta de hoja en blanco y más tarde un post sobre un lugar mítico de mi ciudad. Al final he cumplido mis horas de estudio, llevo días a trote ligero sobre las páginas, se me hacen cómplices y hasta incompletas; estoy loca o creo saber más que mis libros en letra impresa, podría hacerles puntualizaciones y matizaciones pero no quiero resultar pedante y me controlo.
Entonces se me ha abarrotado la cabeza de margaritas y cerezas. He cogido esa libreta que querría coserme a la mano para llevarla siempre conmigo, una cinta del pelo de un azul imposible y un apetito voraz de metros y kilómetros en las zapatillas.
Voy sola, o conmigo misma, según se mire. Caminos de tierra llenos de piedras, carreteras asfaltadas, golondrinas que me siguen, prados multicolores y sólo un alma humana con la que cruzo dos palabras y una promesa de mieles futuras. Me engulle un ambiente repleto de grillos y chicharras. El sol va bajando mientras nos miramos de frente, cara a cara. En nuestro duelo particular sale vencedor y me doy la vuelta, más que nada porque recuerdo haber olvidado mi capa protectora de crema. Uso una pista llena de charcos enfangados como ruta de fuga de los rayos abrasadores.
Bajo la sombra de un grupo de bambúes rojos de propiedad privada y alambrada de espinos me paro a escribir algo sobre las vacas, el olor a “bosta”* que inunda los patios de las casas y como con el tiempo y la costumbre deja de ser desagradable para anudárseme a recuerdos de niñez y lecciones sobre hechizos de bruja buena.

Una hora y seis kilómetros después, llego a la conclusión de que mis piernas son de caracteres distintos. La izquierda empieza a ponerse quejumbrosa y hace el amago de tener un calambre; mientras tanto descubro para mi preocupación/asombro que la derecha se me ha dormido del tobillo para abajo. En diez segundos recuerdo a House, las trombosis y hasta el síndrome de clase turista.
Por fin en casa. Sentada en las escaleras, me descalzo y hundo los pies en un oportunista empeñado en que le rasquen y fregoteen el lomo. Ambas extremidades, teatreras e histriónicas, recuperan la compostura; la una despertando, la otra dejando de contorsionarse en busca de un tirón.
Las miro alternativamente, ¡qué cuento tienen!

*1. Excremento sólido del ganado vacuno. 2. Montón de ese excremento que hace el ganado de una vez.

Anuncios

10 pensamientos en “7 kilómetros

  1. eso que te has echado la siesta apoyada en el pie derecho. Sientalo, mujer, que bastante tiene con aguantar al izquierdo. Ay, favoritismos. Siempre lo mismo.
    Una vez pisé una plasta de vaca y se tragó el zapato. Joer con el campo.

  2. no, no… aquí todos mis pies son iguales..
    Eso te pasa por ir con las gafas esas de tu tía o abuela, porque se ven bien vistas, otro cantar es sortear un par de docenas de bostas con el coche, riete tú de los juegos del buscaminas. Aún así, las cagadas traicioneras son las de oveja y cabra que no hay forma humana de salvarse, siempre pillas una de esas perlas.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s