Pirómano

Quien me mire pensará que estoy dando vueltas a alguna idea descabellada: mirada perdida, sin un pestañeo y manos hundidas en un manto perruno aterciopelado que sestea a mi lado.

Me encuentro lejos y cerca, sobrevolando la escena, una experiencia extracorpórea en que me observo desde el techo con cientos de elementos prendidos de mi pelo. Absorta en los movimientos sinuosos de las llamas hambrientas de más madera, del crepitar de las astillas al arder. Me hipnotizan las geodas formadas por ascuas, piedras preciosas de brillos cálidos que me gustaría posar en la palma de mi mano para poder estudiar.

Comprendo cada vez mejor al loco que se olvida de si, poseído por el ímpetu del fuego. Esa necesidad creciente de ver, de provocar un estallido al rasgar el fósforo; el aroma de las ramas verdes que se resisten a sucumbir, esas que alimentadas del modo adecuado conseguirá prender hasta reducir a cenizas; cuestión de tiempo y oxígeno que las inflame y las fuerce a su final.
Siento como mía esa ansiedad previa ante la hoguera, el silbido del gas al salir del mechero, el revolverse las entrañas y la respiración entrecortada. Me invade una escalada de deseo, de irrefrenables ganas, esas mismas que a ellos les hacen olvidar la insensatez de sus actos, los peligros que comporta y el daño que hacen.
Vivo el instante previo en que lo prioritario, lo más importante y lo único es satisfacer su apetito, acallar las exigencias que le hace su mente y su piel, dejarse dominar por el fuego, liberar los demonios.
Elegir entonces el lugar propicio, ese objetivo que se inmolará por él; y en un trance místico rociar todo con un acelerante, borbotones de gasolina rezumando hasta impregnar el mantillo y el fondo de su alma. El tacto helado del zippo en su bolsillo, un regalo caro para esa amante que apremia, que le implora al oído que la haga consumirse.
Oigo el click del encendedor y veo los brillos de su superficie mientras vuela por el aire hasta cegarme al contacto con el suelo, empapado en exudados inflamables que se contagian en un instante.

Llega el placer, el climax y abandono, aquel cigarro de después; el alivio mientras se deleita con el baile de las lenguas anaranjadas, con el crecimiento desmesurado y los movimientos expansivos y destructores.

Se yergue entonces ese hombrecillo solitario, se limpia las manos satisfecho y deja tras de si el incendio, su gran obra,esa pasión que domina su vida.

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8 pensamientos en “Pirómano

  1. Jo, de “qué relajante” he pasado a “qué miedo” al final. Contigo cobran vida las palabras (y me viene a la mente el libro “Corazón de tinta”, en el que un personaje es capaz de dar vida a personajes y pasajes de los libros al leerlos).

    Besotes.

  2. mitchell- es lo que tiene, que atrae y asusta a la vez…

    poedía- si lo piensas no hay tanta distancia, el pirómano ve el fuego y también se relaja, claro que no se conforma con hogueritas, jejeje

    bicos

  3. Ay, ay! que tendrá el fuego que tanto nos hipnotiza? Quizá lo vivo de sus colores, quizá el baile de las llamas, quizá que es destrucción y a la vez renacimiento, muerte que lleva nueva vida…Todos somos algo pirómanos en el fondo, o quién no desearía quemar las telarañas que arrastra?

  4. Vaya! Además de los bonitos, brillantes, cálidos y coloridos destellos del fuego, el olor a madera quemada y el sonido al arder. Pero de ahí a quemar bosques enteros hay una gran diferencia ¿no?…los extremos del continuo, supongo…

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