El gato negro


Las carreteras aún tenían curvas, era el asfalto el que se apartaba ante un imponente roble o una elevación del terreno. En aquella época los caminos caracoleaban, subían y bajaban, se escondían de los ojos de los pájaros en vuelo y los rayos de sol. Cubiertos por ramas frondosas de hoja caduca y hierbas devoradoras de centímetros de arcén, trataba la naturaleza de recuperar los terrenos robados por excavadoras y alquitranes.

Viajaba muchas veces en el coche de línea regular entre mi pueblo y Ourense. Salía de casa pronto, sólo alumbrada por el resplandor de un amanecer futuro y antes de las siete estaba en la parada. Cuchitril de aluminio metalizado carcomido en la base oxidada y cubierto de telas de araña perladas por el rocío de las noches de agosto.
Esperaba sentada en la orilla del banco cubierto, mirándome los pies, jugueteando y recontando pieza a pieza hasta llegar a ciento ochenta y cinco pesetas, que era lo que costaba el viaje. Apretaba tanto las monedas que su olor me impregnaba las manos durante el resto del día.
Llegaba el autobús, y al subir, la temperatura era siempre unos cinco grados más alta y el ambiente varias veces más cargado. Su olor es el que siempre asocié a los ancianos de pueblo, el que ahora reconozco como mezcla de sudores, polvo y estiércol de vaca. Hombres y mujeres ocupaban las primeras filas de asientos para no marearse. Yo me iba siempre rondando la puerta trasera, con la frente pegada al cristal, mirando por la ventana.
Mundo paralelo el que se descubría desde las alturas de los buses. Espiaba más allá de vallas, setos, muros, árboles y señales de tráfico informativas que coartaban mi visión del mundo. Encontraba piscinas ocultas, jardines secretos, pequeñas casetas de perro, caballos pintos y una pista de tenis entre sauces.
Atravesábamos pueblos más o menos dispersos, casas espolvoreadas por las laderas suaves del valle y campos de labor de un verde perpetuo. Siempre avanzando a tirones, frenazos y acelerones, en un vaivén monótono como de arrullo de canción de cuna. Paraba constantemente, para recoger pasajeros, y también al cruzarse con otro vehículo, hasta las motos le hacían detenerse.

Era la 540 una carretera de doble sentido, aunque tan estrecha que ni siquiera tenía pintadas las líneas centrales. En lugar de aceras los peatones caminaban por senderos ganados al bosque, a las raíces de los castaños y los tentáculos ambiciosos que las zarzas extendían ávidamente. Cuando un coche se nos cruzaba, la única opción posible era parar en la orilla, acercarse hasta que las ramas rozasen los cristales, con caricias y arañazos como los de los rodillos de esos trenes de lavado de las gasolineras.
En unos cuarenta minutos se podía divisar la silueta de la ciudad. Comenzaba entonces el descenso hasta los 125mts sobre el nivel del mar, hasta la orilla del Miño. El itinerario se hacía más tortuoso y de natural juguetón; subía ybajaba,amagaba a la derecha para decidirse por la izquierda en la siguiente curva; volvía sobre sus pasos y después avanzaba del tirón en línea recta más de sesenta metros.
Llegado cierto punto, a medio camino de todo, en un lugar llamado As Escorregas (escorregar significa resbalar), umbrío, con aspecto de no acusar el paso del tiempo y cubierto por el manto verdede humedad palpable, había escondido un estrecho edificio de dos plantas. Tenía dibujos murales de un par de mujeres desnudas, y en una esquina un pequeño gato negro. Ese era el nombre de aquel local sin ventanas, siempre cerrado y que creí abandonado hasta que comprendí que no abría en horario comercial ordinario.

Ahora ni la carretera serpentea, ni el bosque es tan fiero. Las urbanizaciones pueblan el monte, la autovía atraviesa montañas a golpe de tuneladora y ya no viajo en un bus de línea regular. Sin embargo, el gato y las mujeres aquí siguen, en un antiguo tramo, descoloridos entre carteles electorales y hiedras devoradoras, esperando que pase y me haga consciente de la rapidez con que se escapa el tiempo.


Foto de Xulio Outomuro, vista en Aduaneiros sem fronteiras

Anuncios

12 pensamientos en “El gato negro

  1. Que miedo me dan esas carreteras estrechas de doble sentido. Menos mal que cada vez quedan menos, como esos viejo carteles electorales de Fraga. Unas tardes más de sol, y quedaran descoloridos para siempre.

    Besos

  2. Dan mas miedo las fotos retocadas de Fraga, que parecía siempre un niño de comunión, tan poco arrugado él…
    Eso sí, el que sacó la foto lo hizo por la estratégica posición de los carteles, tapando a la pobre chica desnuda jajaja

  3. “la única opción posible era parar en la orilla, acercarse hasta que las ramas rozasen los cristales, con caricias y arañazos como los de los rodillos de esos trenes de lavado de las gasolineras”.

    gran post. pero esa comparación es sublime.

  4. me gustan las carreteras de doble sentido, estrechas y poco transitadas, que cortan las montañas y atraviesan los valles perdidos… en ellas parece más que estés viajando.

  5. laluz- es que a ver quien es el raro que dice que no se ha quedado nunca en el coche mientras esta le pasan esos rodillos….

    sansar- si, viajas hasta en el tiempo, eso de tardar el doble de lo normal en hacer la mitad de recorrido…

    bicos

  6. Recorrido por todo lo que llevaba atrasado. Me quito el sombrero, Srta. Desconocida; su estilo es impecable. En cuanto a este último, creía estar leyendo una novela… y viajando dentro de ese bus, con la frente pegada al cristal por esa carretera. Se queda una como que… y qué? Qué más sigue…?? En fin… Bicos postmenstruales!

  7. Yo todavía recuerdo los dibujos llenos de color que hacían imposible no fijarse en el edificio… Perdí la cuenta de cuantas veces pregunté que era aquel edificio y que se hacía allí dentro. Ay, bendita inocencia! y ese olor del bus, como a rancio, a viejo y sucio, ese olor que te hace sentir ganas de ducharte al bajar…Estas dos cosas ya forman parte del recuerdo de la ciudad, casi como Las Burgas o el gato tuerto!!

  8. maite- pues no sé bien que sigue… ya veremos que se me ocurre jejeje

    knivess- G R A C I A S

    carpediem- es que llamaba, se veía desde el Anpián y te hipnotizaban los dibujos; hasta a las niñas pequeñas e inocentes como nosotras jejejejeje
    será esta una ciudad de gatos?? jejejeje

    bicos

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s