Abandonar el nido

La encontré en el suelo, junto a una mata de narcisos bicolores. Tenía pocas plumas, y temblaba. Cuando la tuve entre mis manos sentí el apresurado latir de su corazoncillo, que en las aves es aceleradísimo; como mi abuelo siempre me advertía, a los canarios y periquitos se les puede matar de un susto bien dado, de un infarto súbito.

Entre mayo y junio era habitual encontrar a los pobres polluelos de gorrión en el suelo, selección natural, son muchos, se empujan y algunos se precipitan al vacío desde el tejado al suelo del jardín. La banda de gatos que se suponen son de la familia se daban sus buenos festines, así que yo actuaba como una misión humanitaria de la ONU para aquellos pobres pajarillos, tratando de salvarlos. Tenía una caja de cartón con botellas de cristal que en caso de necesidad se enfundaban su calcetín de lana y se llenaban de agua caliente para servir de incubadora. Para alimentarlos, miga de pan mojada con agua y mezclada, a escondidas, con magdalenas o bizcochos. Se cogían a pellizcos con unas pinzas de depilar, o con los dedos, y se daban imitando el gesto que harían sus madres en el nido.
La mayoría no superaban la primera noche, supongo que por daños que con el yodo no podían solucionarse. Ella traspasó ese límite, el de la semana, el mes y hasta el cambio de plumón a principios de verano.
Cuando tuvo fuerzas suficientes la trasladé a una jaula individual. Cada día hacía prácticas de vuelo por mi cuarto y llegado el momento empezó a hacerlas en el jardín, bajo vigilancia mía. Se convirtió en mi pequeño halcón, y practicábamos algo similar a la cetrería adaptada a pajarillos rechonchos. Yo dejaba la jaula abierta de par en par y ella entraba y salía a su antojo, siempre regresando al oscurecer, para dormir en casa.
Si la dejaba, pasaba el tiempo tirándome del pelo, escondiéndose en mi nuca revolviéndose envuelta por mi melena. Eso la hacía feliz, casi tanto como sus baños de tierra en las macetas de geranios y begonias.

No sé a que edad se independizan esos bichos, pero ella se pasó conmigo un año entero. En la primavera siquiente sus vuelos se hicieron más largos, pasando horas de manzano en manzano. Un día se enzarzó en lo que yo suponía una pelea con otro gorrión. Pero era un macho, en el mes de abril y ella se fue entristeciendo en su jaula. Al cabo de una semana, cuando salimos a volar, dejé de esperarla, retiré la jaula de la ventana, la limpié, vacié los comederos y la guardé junto a la caja-hospital.

Se me escaparon lágrimas, muchas, no quería separarme de ella. Fue un año de demasiadas despedidas. Ahora lo recuerdo y no sé bien si la pena era por ella o más bien por mí, por quedarme de nuevo diciendo adiós sin esperar que nadie me contestase, sabiendo que es ley natural, que los que se marchan no vuelven; que la vida, la muerte y el madurar son así, inevitables.


Las sustituciones, proyecciones y demás mecanismos de defensa y afrontamiento son cosa que mucha gente usan (usamos), las mascotas parecen blanco perfecto para ello.

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7 pensamientos en “Abandonar el nido

  1. Tus posts son una hermosura, Sta. Desconocida. Pones tanta ternura en ellos! Qué maravilla haber logrado salvar una vida y mantener la pajarita por tanto tiempo. Supongo que es el instinto materno, pero no a todas se nos da tan fácil. Me fascinan los pajaritos, pero me parecen tan frágiles que no sabría cómo actuar con ellos. En fin, entiendo tu tristeza cuando se marchó…, fue tu pequeña obra…, pero a los “hijos” hay que aprender a dejarlos volar…, un beso. Señora Nostalgia

  2. Un post que merece el máximo respeto: una persona preocupada por la defensa del caído y con la empatía suficiente como para apreciar a un ave de las que algunos llaman ‘menores’ tiene ganada plaza en la República Animalista.

    Pero huyamos, si me lo permites, del término ‘mascotas’. Compañeros o amigos es mucho mejor. Es lo que son, aunque con tanta frecuencia (no por tu parte, claro) se les trate como si se les odiase a muerte. Hay que distinguir entre los verdaderos amigos de aquellos que (bien lo dice García Calvo) se compran en las tiendas de animales.

    Mañana por la noche trataré de colgar algo en mi página que encontré por casualidad leyendo una ‘novelette’ de Mérimée: habla de un hermoso lugar que espero que le guste.

    Un caluroso saludo (vienen bien en estos días de invierno que retorna :))

    R.

  3. Tu post es como “un volver la infancia”… ¡Cuantos recuerdos me ha traído! … ¿Y por qué será que a medida que nos hacemos mayores acabamos perdiendo estas “buenas costumbres”? ¿será que a partir de entonces ya nos olvidamos de ser generosos?

    Y recuerdo que cuando lloraba por alguna de ellos perdido, creo que en el fondo lloraba más por mí que por ellos 😦

    Un petonet.

  4. robertokles- siempre fui defensora de causas pobres, que se le va a hacer…
    estaré atenta, siempre está bien descubrir nuevos lugares.

    yolanda- tengo la costumbre recurrente de volver a mi infancia y revisarla de vez en cuando, no viene mal…

    Bicos repartidos

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