piezas de repuesto

Tenía los nervios de punta, removiéndose constantemente en la silla. Estaba sola, allí sentada esperando que la llamasen.
Miraba las paredes cubiertas de fotos de bebés de anuncio, sonrientes, para comérselos a besos. Los veía pero no llegaba a fijarse en ellos. Lo único en lo que podía centrarse era en el ruido del aire acondicionado. En ese zumbido constante que le llenaba los oídos, el regazo, las sillas contiguas, las estanterías con libros de pega y se filtraba entre la ropa resecando su garganta.
Con los ojos clavados en la puerta cerrada, trataba de adivinar por los cambios de luz del cristal translúcido si alguien se acercaba, si su turno estaría al llegar. Figuras más o menos opacas iban agigantándose a cada paso o empequeñeciéndose si lo que hacían era ir pasillo arriba.
No llevaba más de cinco minutos esperando aunque le parecían años. Había ojeado una revista médica, en la que desde la portada se advertía de los inconvenientes de los partos naturales. En realidad ni siquiera había leído nada de sus más de noventa páginas, sólo las había pasado una a una de forma mecánica. El resto de revistas se veían manoseadas una y mil veces por dedos nerviosos como los suyos, con hojas arrugadas y esparcidas sin cuidado por la mesilla. Todas atrasadas, desde unos ejemplares del Hola dando un repaso general a lo mejor del año, hasta un número especial de Elle del verano pasado. Mejor permanecer a la espera.

Si estaba atenta, creía poder oír los chirridos de los zuecos de las enfermeras contra el suelo antideslizante, las puertas abriéndose y cerrándose, y hasta una conversación a dos voces amortiguada por las paredes de la habitación contigua. Hablarían de algún caso, de la siguiente extracción. De su extracción.
Estaba mareada. Los calambres en las piernas eran algo continuo desde hacía un par de días, al igual que la retención de líquidos, cierto decaimiento emocional y por supuesto el abultamiento de su vientre. Hoy acabaría todo. Eso era algo bueno, pero al mismo tiempo la inquietaba.
Cuando le explicaron el procedimiento unas semanas atrás, le había parecido muy sencillo y simple. Algo mecánico: estimulación, producción y extracción. Como una fabricación en cadena en cualquier factoría. Sólo que aquí la estimulación se había convertido en inyecciones de hormonas varias veces al día, la producción se llevaba a cabo en sus trompas de falopio y la extracción iba a requerir anestesia general.
Se abrió la puerta, y un par de enfermeras la invitaron a seguirlas con sus sonrisas. Con la carpeta universitaria repleta de apuntes de estadística y su bolso marrón abrazados fuertemente contra el pecho, llegó a la sala de extracción número tres.

El cuarto rebosaba desinfección. En una silla de aluminio dejó sus cosas. La enfermera le dio la bata de papel azulado que debía ponerse. Casi no era capaz de desabrocharse la blusa, con dedos torpes e indisciplinados. Incluso sintió vergüenza cuando se bajó las bragas hasta los tobillos; le parecían ridículas, en tonos rosas y con unos hipopótamos sonrientes, muy poco apropiadas para una situación como aquella. No consiguió alzar la vista hasta sentirse protegida por la tela azulada que le cubría hasta las rodillas, aunque dejaba parte de su trasero al aire. Suspiró una vez más, y decidió dejar de pensar estupideces, armarse de valor y avanzar.
Se subió en la camilla. La llevaron a una estancia anexa. Aquella sí tenía una verdadera pinta de quirófano. Cambiaron de camilla; a otra en la que había unos estribos altos, de los de silla de ginecólogo o paritorio de cualquier hospital. A su derecha un sinfín de aparatos y monitores a los que quedó conectada en pocos minutos. El doctor R entró entonces en la sala.
Primero le haría una ecografía para cerciorarse del número exacto de óvulos disponibles. Le subieron el camisón hasta el ombligo, y tras embadurnarla de un gel helado comenzaron a pasar el escáner de un lado al otro de sus caderas. En un momento determinado fijó la imagen y le señaló con un rotulador. Había siete folículos bien desarrollados, un buen número, excelente producción. Le sonrió satisfecho pero ella sólo podía centrarse en controlar sus impulsos de salir corriendo.
Ahora sólo quedaba sacarlos de allí. Con anestesia general, pero no porque fuese realmente necesario, sino por evitar desagradables experiencias dadas con otras donantes. No quería imaginar que significaría “desagradable” exactamente. En los minutos que durase el efecto narcótico, con ayuda de una especie de tubo succionador procederían a la extracción. En menos de media hora estaría en la sala de recuperación y llegaría a casa para cenar.
Apenas comenzó la cuenta atrás desde cinco y el contenido de la jeringa cayó en el gotero, se le cerraron pesadamente los ojos. Cuando volvió a abrirlos estaba en una habitación de techo verdoso, tumbada y cubierta por algún tipo de edredón hasta el pecho. Se sentía molesta, como con punzadas, aunque quizá se estuviese sugestionando.

Tenían razón, en un par de horas había sido dada de alta y caminaba por entre las calles empedradas del centro, pensando en siete óvulos que servirían, si todo salía bien, para convertir en madre a una desconocida; y también en un cheque de 700€ en “compensación” por todas las molestias.
Se sentía bien, aunque no sabía si aquello era una obra solidaria o si acababa de venderse por piezas como los coches de desguace.

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6 pensamientos en “piezas de repuesto

  1. el gel helado de la eco también me hiela a mí. Hace años hice un reportaje sobre esto (mierda, ¿hay algo que no haya convertido en reportaje?). Fui al IVI. Entrevisté a uno de los médicos. Me vendió la moto. Pero yo conocía a una chica que lo había pasado bastante mal con el rollo de la hiperestimulación y con la que había hablado previamente. Total, titulé aquello “Ovarios con estudios superiores”, porque buscan precisamente universitarias, no se conforman con donantes mindundis. No les gustó un pelo. Entonces agradecían los servicios con cien mil pelas. Me quedó muy mal sabor de boca de aquello. Lo que tú describes en el último párrafo: no sabes si se trata de una obra solidaria o de un desguace y venta por piezas.
    ¿y mi mocosiña, cómo va?

  2. los mocos se han transformado en tos y una pintitas blancas en la garganta…
    Por lo demás, a mi no me pillarán nunca para eso de dar mis óvulos, en mi familia son un bien escaso. A las que conozco que lo hicieron, no repitieron jamás.

  3. Uff, srta desconocida, qué miedo!

    Cuesta creer que alguien pueda hacer ésto por dinero…pero se hacen tantas cosas increibles por dinero…

    Buenísimo, como siempre, me has hecho cruzar hasta las piernas.

  4. Lo de la donación y recepción de óvulos es algo muy extraterrestre para mí. El proceso no me gusta un pelo, y la gente que conozco que lo hizo no quedó muy contenta, por no decir que casi salen corriendo…
    bicos a todos

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