Decadencia

Había al fondo del pueblo una casa. En la puerta, una cadena y un candado. Llevaba cerrada mucho tiempo, aunque todos recordaban quien vivió allí. La familia más importante de la zona; usureros, clérigos y terratenientes, que finalmente sucumbieron al paso del tiempo.
El último de ellos, fraile franciscano; murió en su convento desplomado sobre su piano, antigüedad del siglo XIX; ahogado por el azúcar que más de un kilo de dátiles le introdujo en su cuerpo diabético y achacoso. Es una buena representación de lo que eran, de la imagen final de seres avaros y miserables que guardaban con celo todo lo que consideraban que debía ser suyo.
En las primaveras siguientes las hiedras fueron colonizando la cara sur del rectoral hasta llegar al corredor, devorando los trabajos de pasamanería y parte del suelo en madera pulida. Daban a aquella solaína las puertas acristaladas del despacho, lleno de contratos engañosos, hijuelas escritas a pluma de fino trazo y pliegos de papeles amarillentos y humedos. Era esa la estancia donde tantas veces habían embaucado a sus vecinos analfabetos, aprovechando su holgura económica en la posguerra. Compartía pared con una salita, llena de óleos pintados en tardes de sol por alguien de la familia. La pared opuesta estaba completamente forrada de estanterías; en otro tiempo llenas hasta arriba de libros, repletas de los mejores ejemplares de la literatura universal. Ahora se podían ver algunos números de Life de la década de los cincuenta, con portadas de fotos coloreadas de Victor Mature o Virgina Mayo. En el rincón se apreciaba el hueco del piano, aquel que dejan los muebles que han pasado muchos inviernos en un lugar de la casa sin moverse.
Una puerta comunicaba con el comedor; en el que se supone, hubo mesa de roble tallado y lámparas de araña colgando del techo. Una de las paredes era completamente acristalada; en forma de galería “a la coruñesa”, que dirían los turistas: blanca y con ciertos detalles de trabajo fino en la madera. Viéndola con ojos de niño, y por su ubicación,recordaba más al camarote del capitán de cualquier barco de época colonial; con orientación al naciente del sol para que no molestase durante las meriendas y cenas familiares.
Desde allí, y volviendo al corredor, se abrían las escalinatas de granito labrado, amplias y cómodas, invitando a bajar al jardín. Descuidado y selvático, aún conservaba intacta la fuente, en la que un pez escupía agua de un modo constante. Empujando las puertas de madera maciza de la planta baja, aparecía ante uno una imagen de la Virgen del Carmen. De más de metro y medio, sobre un pedestal y rodeada de estampitas corroídas por la humedad y el tiempo. Los bancos de la antigua capilla habían desaparecido, pero el altar con losa de mármol tuvo que quedarse, al igual que el juego arquitectónico que hacía posible que un rayo de sol iluminase la cara de la santa.
Faltaban muchas cosas en aquella casa, y no todas se las habían llevado los lejanos herederos. Un día, varios meses después de la muerte de Don Manuel; un vecino, borracho de aguardiente, se armó de valor y lanzó la primera piedra contra una ventana del despacho. Poco a poco muchos se animaron; y aunque oficialmente nada se sabía, las visitas al interior de la propiedad se hicieron frecuentes. Perdiendo la vergüenza, rescataron sus camas, muebles antiguos, vajillas de porcelana y joyas de alpaca que empeñaron y perdieron entre aquellas paredes. Cuando no quedó nada de valor que llevarse empezaron a arrancar su papel pintado venido desde Londres, a quemar las cortinas y rayar los suelos. Al cabo de unos meses el pueblo se había cobrado sus deudas, se había tomado la revancha.
Uno de los albaceas testamentarios pasó por allí para hacer inventario de los bienes y valor de la finca antes de ponerla a la venta. Salió con cara de disgusto y tomando notas. No se supo nada más. Unas semanas después, las puertas de la casa se tapiaron y se colgó un número de teléfono de una inmobiliaria anunciando su puesta en venta. De eso hace algo más de cinco años.
La hiedra ha continuado avanzando, los colores del cartel están marchitos y el techo de la casa está aplastado. Aún así, si se sigue el muro del jardín hasta el fondo, justo antes de tomar la curva del camino se encuentra una puerta escondida por la maleza, enrejada y chirriante. Sólo hay que empujarla un poco; lo suficiente para que cedan las bisagras. Caminarás unos metros bajo la sombra de los sauces y las acacias, sorteando malas hierbas y algún que otro lagarto; pero si te guías por el oído, por el tintineo constante del agua, te verás frente a frente con el pez que escupe sin descanso, con las escalinatas, los nenúfares del estanque y esos vestigios de un mundo decadente y perdido.

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12 pensamientos en “Decadencia

  1. el pez que escupe sin descanso. de dónde has salido, srta desconocida, qué coño haces estudiando fotocopias de apuntes, preparando oposiciones. qué talento, joder. por favor. la hostia. lo del fraile diabético. cada puñetero detalle. la revancha del pueblo. los números de Life de los cincuenta. la habitación como un camarote de capitán de época colonial. qué lujo, que post de pasamanería. la leche que te dieron, tú, la del chándal mostaza, la comeuvas, la cazarrenacuajos.

  2. Gracias.
    Y ahora que se me pasa el sonrojo te digo: es que la casa da para mucha literatura; tenían incluso cartas privadas de vecinos, fotos, recuerdos, todo por el suelo pululando; los colchones rajados…eso, que inspira la puñetera de la casa jajajaja

  3. Yo me declaro adicto a tus historias, tanto que no puedo escribir ni un post de tanto que estoy pendiente de lo que escribes.

    PD: Yo también he visitado casas así pero no podría describirlas igual.

  4. Estoy de acuerdo con Laluz…¡¡Cuanto talento¡¡.Parece mentira que alguien tan joven tenga ese poso necesario de conocimientos, propio en todo caso de gente muy vivida, para adornarse el artículo de esa manera genial…
    Todo eso me recuerda a un fijación que tengo yo desde hace tiempo sobre Serrat y su canción “Mediterráneo”: Por fechas, debió escribirla alrededor de los veinte años….y me parece demasiado genial demasiado poeta, demasiado profunda…para escribirse con esa edad. ¡Joder, es que fíjate!: “…en la ladera del monte, más alto que el horizonte, he de tener buena vista…Mi cuerpo será camino, le daré verde a los pinos y amarillo a la genista”…
    Pues eso, putos genios precoces.

  5. Pues yo no entraría sólo ahí dentro, dicen que uno entró una vez y no volvieron a verle, algunos chismorrean que la casa lo convirtió en grillo.

    Ni de coña entro sólo, me acompañáis?!!!

    Fuerza y honor.

  6. Srta desconocida, a partir de hoy me vas a permitir que te llame “Doña”, porque es lo mínimo que se puede llamar a alguien con la percepción, sensibilidad y gusto para expresar tan acertadamente la sensación de abandono y decadencia.
    Has visto la película “Grandes Esperanzas”?. De repente me he encontrado allí, al final cuando Anne Bancroft ya es una momia y la maleza ocupa el esplendor de antaño.

    Bravo, bravísimo, bravo.

    Aprovecha esta época de rapidez mental, se nota que te estás metiendo caña y tu cerebro lo tienes como una olla express.

  7. Nick- pues un GI joe cualquiera entraría en esa casa, llegaría hasta las escaleras y hasta ojearía las estampitas de la capilla… hay honor a tu uniforme, aunque sólo sea por lo que representa tu ropa interior…tómalo como un abordaje jejeje
    Honey- sí, Grandes Esperanzas, lo que me gustó, el libro y la peli… menos mal que tengo esto de válvula de escape jejeje

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