Los temibles repetidores y los cambios imposibles

Creo recordar que en aquella época me sentía muy adulta. Por supuesto, sólo era una cría. Con 13 años no se puede ser otra cosa.
Mis amigas, a las que también veía muy maduras, llevaban un cierto tiempo pasando de relación en relación. Dicho ahora, incluso me puedo sonreír, pero entonces todo aquello era muy serio; bueno, todo lo que una relación que duraba tres fines de semana podría ser. En todo caso, para mí quedaba todo muy lejos, y no acababa de entender que le veían a esos chicos que unos meses antes se habían dedicado a jugar con las chapas de refrescos en el patio; emulando a Perico Delgado en sus mejores hazañas ciclísticas.
Además, por alguna razón, siempre les gustaban mayores, que en el nivel de EGB es tanto como decir que se sentían atraídas por aquellos que repetían 7º o 8º.
El halo que destilaron durante toda la vida los repetidores; temidos por madres, amados por hijas, es algo mítico y yo diría que hasta universal. El primer día en que te sentaban por orden de lista en mesas de a dos, y con sorpresa veías que tu compañero tenía un año más y las matemáticas y sociales pendientes; ¡uff! en ese momento te temblaban las rodillas. Y es que un repetidor siempre te parecía que podría haber robado bancos, matado gente o incluso saltado la valla del patio para escaparse a fumar. Eran los ignorados por los profesores, el motivo de retraso en la evolución del curso, unos semidelincuentes juveniles que sólo pasaban el tiempo en las aulas hasta cumplir los 16. Esto lo repetían muy mucho los tutores a toda la clase el primer día, dejando claro que parásitos como ellos serían muy bien controlados.
Con ese aire de outsider que hacía suspirar a mis amigas; un niño rubio, de cara redonda y ojos azules compartió conmigo pupitre durante un largo curso de 7º de EGB. Su ocupación habitual durante las clases era mascar chicle, recostarse sobre la mesa y quedarse anonadado viendo mis ejercicios hechos; incluso los odiosos problemas de fuentes, trenes, señores que caminan, corren o lo que sea en direcciones opuestas hasta encontrarse. Ese era Jose.
Un día dejó de echarse sobre el respaldo de la silla y balancearse en las patas de atrás haciendo equilibrios, y me comentó, señalando una de las incógnitas, que el sistema de ecuaciones que estaba haciendo iba mal. Me quedé perpleja. Lo repasé; y sí, tenía razón. Los miré alternativamente, a él y al cuaderno de mates. Jose, que ni siquiera sacaba el cuaderno o los libros; al que los profesores saltaban cuando preguntaban la lección, el de los ceros categóricos en todas las asignaturas, incluyendo gimnasia y religión; ese mismo estaba corrigiéndome y además tenía razón. Me miraba con sonrisa de satisfacción, diría que hasta orgulloso de descolocarme tanto.
Ese día decidí que me caía mal. Un repetidor cualquiera corrigiendo deberes que él ni apuntaba en su agenda escolar, atreviéndose a decirme que estaban mal. No cambié el ejercicio, por supuesto, y lo entregué tal cual lo tenía hecho. Me gané un punto negativo en la evaluación continua de matemáticas, además de una amplísima sonrisa de su parte al ver mi hoja cubierta de rotulador rojo.
En mis esquemas rígidos que dividían el mundo entre lo enteramente bueno y lo rematadamente malo, no cabía la idea de un niño como aquel. Si suspendía no podía saber nada, casi ni la tabla del 8, ni los ríos de Castilla-León o los nombres de las capitales europeas.
El caso es que cuando ya había pasado media evaluación, el pique era evidente. Llegó a tal punto que en un examen de mapas mudos europeos, me dijo que podría sacar más nota que yo. Enrojecí hasta la coronilla, me hice la ofendida y empecé el examen.
Confundí el río Volga y el Danubio. Él lo hizo perfecto. Hasta la profesora lo felicitó, aunque con recelos, se ve que no se fiaba de su honradez.
Cuantos más controles pasaban, más parecía disfrutar de mi enfado, y por tanto más estudiaba. Al llegar junio resultó que no había dejado ni una; y con la mejor media del grupo.
Algo fallaba en aquel sistema; empecé a ver que existían colores entre el blanco inmaculado y el negro amargo. Puede que el cambio sea posible, sólo hace falta motivación; un mínimo incentivo, aunque éste fuese una niña estúpida.

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6 pensamientos en “Los temibles repetidores y los cambios imposibles

  1. Un maravilloso relato. El tema de la motivación escolar podría dar lugar a una discusión infinita. Creo, sinceramente, que los aspirantes a ocupar puestos en el profesorado deberían pasar obligatoriamente un exhaustivo examen psicológico. Ojalá todos se dedicasen a ello por auténtica vocación de enseñar. Nuestro mundo es altamente imperfecto y al parecer son las contradicciones las que le hacen girar.

    Un saludo.

  2. flanagan- yo trato de pensar que esto ya no es así, mis maestros eran de la vieja escuela franquista, eso quiero creer…
    sansar- si, es que los matices de los grises pueden ser infinitos. Me duró poco la tontería, menos mal…
    sinpa-jajaja, si que puñeteros algunos profesores. Yo tuve una en el instituto que me dijo que si fuese por ella me suspendería, sólo me salvaba porque hacia los mejores exámenes (talentos naturales para “a lingua galega”…)

  3. ando corta de tiempo, el trabajo, ya se sabe, pero muy rico el relato!, anda , sigue con ello, y si note inporta mandarlo a mi mail,sería genial!un saludo. lola

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