Comunicación: palabras, palabritas, palabrejas y telas de araña

Ya dicen las citas antiguas que somos esclavos de nuestras palabras; y es que desde el momento en que salen por la boca parecen adueñarse de nuestra voluntad. Lo dicho obliga, y es virtud casi universal el ser hombre cumplidor y consecuente en los ideales expresados. Algunos teóricos llegan a afirmar que todo lo que sea mínimamente importante estará recogido en el lenguaje y tendrá un vocablo que lo represente adecuada y unívocamente.
Un poder mágico otorga a lo que hasta ese instante era un sonido o gorjeo vulgar, el poder transformador de un hechizo o mantra evocador de múltiples significados que nada tienen que ver con su forma primitiva. Es la capacidad de abstracción simbólica lo que nos permite conseguir esa acrobacia mental de enlazar la palabra sin sentido con un objeto, situación, sentimiento o idea determinada.
La magia del lenguaje no es algo personal, ni mucho menos individual; es una sabiduría transmitida de generación en generación por los antecesores que nos protegieron en sus regazos susurrando las primeras frases tranquilizadoras. Poco a poco nos sumergimos en ese código, en el mundo de los jeroglíficos y signos compartidos. Al cabo de tan sólo un par de años, y a pesar de lo inmaduro de nuestro desarrollo, seremos capaces de dominar las reglas básicas de eso llamado comunicación.
Interacción que no deja de ser un juego; algo que se hace en comunidad, hacia los “otros” para expresar lo que el individuo siente, desea o piensa. Un juego en que todos los miembros conocen el sistema de reglas con lo que la relación se facilita. Las palabras median entre nosotros posibilitando la unión grupal al dar acceso a parcelas privadas de nuestra experiencia. De este modo se pueden satisfacer las propias necesidades más inmediatamente e incluso llegar a desarrollar capacidades como la empatía o la cooperación.
Sin embargo, este sistema no es perfecto, por lo que aparecen errores de expresión o percepción del lenguaje. Más allá de los fallos formales a nivel semántico o gramatical, se esconden las perturbaciones funcionales y pragmáticas que llegan a tener consecuencias más trascendentes que el olvidar la conjugación de ciertos verbos irregulares.
Es en ese momento cuando para algunos las palabras se convierten en piedras lanzadas contra su cuerpo, mientras las suyas propias se pierden sin llegar a ningún oyente interesado en escucharles. Algunos tejen su propia maraña de frases, de modo que les sirven de escudo o de forma de ataque. Mientras, unos pocos se ven envueltos en un fuego cruzado, en paradojas increíbles, peticiones imposibles de satisfacer plenamente, o en encrucijadas donde la elección no pasa de ser una ilusión para calmar la ansiedad del público asistente. Ciertas mentes no pueden soportar tanta incongruencia, tanto juego macabro donde todos se tratan de sobrepasar en una escalada verbal frenética. Se desquician buscando el modo de satisfacer esas peticiones (quiero que seas espontáneo, deseo que hagas esto por ti mismo, porque lo desees, quiero que me quieras…) invalidadas desde el momento de pronunciarse, tratando de comprender que ocurre, porque les desean autónomos pero les hacen la cama, porque confían en ellos pero les vigilan constantemente, alientan su curiosidad pero nadie les toma en cuenta. Estas paradojas y trampas para seres humanos fueron descritas por un grupo de investigadores de California a finales de los cincuenta. Liderados por Bateson sostuvieron durante años que eso llamado doble vínculo, o peticiones trampa de las que no se puede escapar sin ser culpabilizado, donde en la práctica es imposible responder; provocaba, o al menos contribuía a la desestabilización de los enfermos mentales graves (si no usamos eufemismos, de la esquizofrénicos).
Casi cincuenta años después se han convertido en una de las escuelas psicológicas principales, de métodos extravagantes, e incluso absurdos si no se conocen los porqués; empeñados en tratar a todo el entorno familiar en que se encuentra el mal llamado “enfermo”, buscando en la interacción, en la sinergia de sus miembros el mecanismo que hará que la situación cambie, se desestabilice y después vuelva, quizás por si misma, a estabilizarse de un modo más equilibrado. A veces es tan fácil como pedirle a alguien que siempre sonría ante las peticiones de sus hijos, o que saboteen sin mala fe sus planes, puede que todo sea tan sencillo como pintarse en colores la palabra “gilipollas” en el estómago antes de hablar en público; quien sabe, en ocasiones la vida es simple, y las soluciones a problemas complejos también lo son…
PD: mucho estudiar y poca diversión hacen de la srta desconocida monotemática en sus conversaciones…así que sintiéndolo mucho; psicología para todos

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4 pensamientos en “Comunicación: palabras, palabritas, palabrejas y telas de araña

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